jueves, 9 de diciembre de 2021

MOTONAVE "VILLA DE MADRID"

 

Perteneciente a la Cia. Trasmediterránea, Un buque mixto de pasaje-carga,  construido por Frd. Krupp Germania wf. A.G. Kiel (Alemania), comienza a prestar servicio en enero de 1932. Tenía un desplazamiento a plena carga de 9.161 Tons. 127,64 m de eslora total, manga máxima 17,05 m, puntal 8,11 m. calado 6,30m. Disponía de 2 motores Diesel Krupp, de 4 tiempos, simple efecto, 9 cilindros de 600 mm de diámetro y 1.050 mm de carrera, con inyección neumática y uno de los cilindros actuando de compresor, fabricados por Frd. Krupp Germania wf. A.G. Los tanques de gas-oil tenían capacidad para 724 Tons,



El día 30 de enero de 1932 emprendió su viaje inaugural desde Barcelona con destino a Cádiz y Canarias, alternando en la expedición semanal desde Barcelona al archipiélago canario con el buque "Ciudad de Sevilla"

El día 17 de julio de 1936, el buque "Villa de Madrid", al mando del capitán Francisco Mugartegui, zarpó del puerto de Santa Cruz de Tenerife, con destino a Las Palmas de Gran Canaria, Cádiz y Barcelona. Su capitán recibió el siguiente comunicado de la Compañía:

"Absténgase de hacer escala en Cádiz, Ceuta, Melilla y puertos del Protectorado, continuando viaje a Barcelona".

En cumplimiento de esta orden, arribó al puerto de Barcelona a las 14 horas del día 23 de julio, quedando en zona republicana. fue confiscado y puesto a disposición de las autoridades. Sirvió de enlace rápido con Marsella, conduciendo contingentes de voluntarios de las Brigadas Internacionales y material de guerra para la República. En su permanencia en el puerto de Barcelona, fue usado como buque-prisión.

A principios de 1939, Barcelona sufría constantes bombardeos por parte de la aviación facciosa, especialmente la zona del puerto. El “Villa de Madrid” se encontraba atracado por el costado de babor en el muelle de España, y con la proa apuntando al interior de la Dársena del Comercio (Paramento Este), cuando en uno de esos ataques aéreos recibió varios impactos de bombas sobre su cubierta, destrozando las dos bodegas de proa y una de popa. También en su costado exterior recibió metralla que le ocasionó varias vías de agua. Poco a poco, fue escorando a estribor a causa de la entrada de agua hasta clavarse en el fango a diez metros de profundidad. 



Acabada la guerra fue reflotado y reparado, los trabajos corrieron a cargo de la Comisión de la Armada para Salvamento de Buques, en su publicación sobre la actividad desarrollada, nos resume lo llevado a cabo para la recuperación del "Villa de Madrid"

(1) "Mientras el pantoque de estribor estaba clavado en el fango, a 10 metros de profundidad bajo la superficie, el de babor quedaba fuera del agua, ejerciendo enorme presión contra el paramento del muelle. La escora del buque hacía imposible andar por la cubierta. Era necesario descolgarse a lo largo de cabos, por lo que la preparación del salvamento fue muy pesada.

Se empleo por primera vez en este trabajo el montaje de bombas en bateas flotantes, que se introducían por las escotillas. La gran ventaja de esta instalación quedó patente. En un buque de tanto puntal, es necesario enmendar varias veces las bombas para que lleguen a achicar hasta el fondo, y por otra parte, al irse adrizando el casco, y cambiar de inclinación, hay que modificar también la posición de las bombas para que trabajen siempre en buenas condiciones de engrase. Estos cambios de ubicación son extraordinariamente pesados y alargan notablemente el salvamento. Con bateas flotantes, la bomba queda siempre a la misma distancia del agua y no se inclina con el buque.

Se evitó que el buque diera la vuelta, amarrándolo a bloques previamente construidos en el muelle. Los ramales de cable de sujeción, equilibraban sus tensiones, por estar montados sobre poleas.

Con un coste de 190.000,00 pesetas se recuperó esta hermosa motonave, que vale 13 millones".

 


1.- Estado antes del inicio de los trabajos.  2.- El buque adrizando.3.- Cables de retención. 4.- Bombas instaladas en las bateas.


Una vez reparado, inició su primer viaje el 2 de agosto de 1940, con destino Buenos Aires (Argentina). Fue reformado en 1959 y siguió prestando servicio hasta 1979, año en el que fue desguazado.


De nuevo a flote.

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Fuente e imágenes: trasmeships.es: 

(1) Documento facilitado, por José Manuel Rodríguez Crespo.

martes, 7 de diciembre de 2021

SEMANARIO "LA ARMADA"

 


Cabecera del nº 1

Era un semanario de la guerra civil española (1936 -1939). Aparece con el subtítulo “Órgano de los Marinos de la República”, el 27 de febrero de 1937. Su director es el diputado socialista por Santander Bruno Alonso González (1887 -1977), una de las personalidades más destacadas de la izquierda cántabra, quien había sido nombrado por el ministro de Marina, Indalecio Prieto, el 29 de diciembre de 1936, Comisario General de la Flota Republicana, cuya principal base y puerto fue Cartagena, una de las ciudades que sufrirá más bombardeos por parte de la aviación sublevada, italiana y alemana. 

En su saludo -firmado por Alonso como El Comisario Político -, dirá que el periódico no representará “grupos, partidos ni banderías”, sino la “lucha antifascista”, como portavoz de la “unidad y disciplina” de la escuadra de guerra republicana. En la misma primera página de su primera entrega, el almirante jefe de la Flota en ese momento, Miguel Buiza Fernández -Palacios (1898 -1963), se referirá a Alonso como “el Comisario Director” del periódico. 

Sus entregas comenzaron siendo de cuatro páginas, compuestas a cinco columnas, usando dos tintas, y empleando la roja para la cabecera, dibujada por Samper, que en su primera entrega aparece sin el artículo, sólo Armada. También usa la tinta roja para los principales titulares de la primera y última páginas. Su consigna más destacada es: “Por la cultura y la libertad. Por la moral y la disciplina. Por el Gobierno legítimo. Por la República española. Por la lucha a muerte contra el fascismo”. 

Su redacción y administración estuvo al principio en el Hogar del Marino, establecido en el número 19 -21 de la cartagenera calle Mayor, que ese mismo día 27 de febrero de 1937 fue inaugurado. En septiembre de 1937, la redacción pasará a estar ubicada en la sede de la jefatura de la Base Naval, en el número 7 de la Muralla del Mar. Será una publicación ilustrada con fotografías, humor gráfico y algunos dibujos; y en sus primeras entregas indica que estaba estampada en la Imprenta Casa Garnero. También usará distinto papel de prensa para su impresión en algunos de sus números. Su “línea argumental e ideológica” fue la difusión de “las consignas del Comisariado Político, de unidad por encima de la lucha de partidos, así como de elevación de la moral de la Flota”, tal como señala Mínguez de las Heras en su trabajo sobre “La prensa cartagenera en la guerra civil (2000)”. Para Julián Sanz Hoya (2005), la actuación de Alonso estuvo “encaminada a elevar la moral de los marinos a través de una activa propaganda”, cuya principal consigna fue “conseguir la unidad de acción por encima de partidos y tendencias”. Agrega que, en esa actividad, chocó especialmente con cenetistas y comunistas. Gómez Vizcaíno (1996) ha analizado el restablecimiento y normalización de la disciplina -"como pilar básico de la organización militar" - en la labor de Alonso y del semanario, así como algunas de las fisuras que se suscitaron. 

En la primavera de 1938 modifica el subtítulo, sumando que es “Órgano del Comisariado de la Flota (que debe considerarse como editor) a “portavoz de los Marinos de la República”; y el 23 de julio de ese año (número 74), inicia una segunda época, dejando de usar la tinta roja. Desde el número 77, de 13 de agosto de 1938, aumenta a ocho páginas, siendo compuestas a cuatro columnas; y desde el 87, de 22 de octubre de ese año, a diez. Incluirá como “suplemento”, impreso por Garnero, el discurso del presidente de la República, Manuel Azaña, el 18 de julio de 1938, en Barcelona. Además de editoriales, artículos y alocuciones, tendrá algunas secciones, como una dedicada al propio Hogar del Marino; otra bajo el epígrafe Silueta, firmada por Arevir; y, a veces, otra de Deportes, firmada por Liniesmen. 


Bruno Alonso, Comisario General de la Flota


También publica artículos de política internacional, especialmente europea, y, en su segunda época, reportajes sobre los buques de la Armada republicana, para los que usa el epígrafe “Visitas a nuestros barcos”. También crea la sección Vida de la Flota. Tendrá una Sección técnica, y serán asesores técnicos del periódico los jefes de la flota y de la base. Así mismo, escriben en sus páginas los comisarios políticos de los navíos, unidades y otros destacamentos militares. Así, Alejandro Rodríguez Seguí, comisario político del crucero Miguel de Cervantes, es el autor de un Cuaderno de bitácora. 

Reproduce textos publicados en “periódicos murales” de los buques. Publica un folletón bajo el título La expedición de los Dardanelos, firmado por M.M. Bajo sus textos aparecerán, entre otras, las firmas de Pedro Garfias (comisario delegado de guerra del Batallón Villafranca), Crescenciano Bilbao (comisario político de la BNP), Ramón García Herrera, José Herrera Peter, Rafael Díez Paz, Salvador Targa Sans, José Mondragón Rubio, S. Martínez Dasi, J. Gregori Martínez, N. Furió y Cabanes, J. Vidal Requena, Manuel de la Loma, Eduardo Zamacois, Luis Araquistáin, Salvador Martínez, Antonio Rivera, Antonio Romero, Antonio Manresa, Félix Guerrero, José Fucal, Salvador Ros, Eugenio Sierra, Juan Oyarzabal, Francisco Mosqueira, Gildo Santos, M. Palma, T. Vázquez o Granda. A veces sólo aparecen iniciales (M.M.C., A.R., R.C. o J.K.), y en otras, seudónimos (Spartaco, Juan Sintierra, Boni, Jota o X.X.). Antonio Segado Arenas publica un poema dedicado a Federico García Lorca. También aparecerá la firma de Luis G. de Ubieta, cuando es jefe de la Flota. Algún dibujo es firmado por Iván El número 92, correspondiente al 26 de noviembre de 1938, es el último en la colección (incompleta) de la Biblioteca Nacional de España. Existen otras colecciones, también incompletas, tanto en el Servicio Histórico Militar como en la Hemeroteca Municipal de Madrid. En esta se encuentra el número 105, del 25 de febrero de 1939. 

Se conoce también el recorte de una última alocución de Alonso, de cuatro de marzo, en el Archivo General de la Guerra Civil. Probablemente, no siguió publicándose más, pues Bruno Alonso, que también había sido, desde julio de 1937 a febrero de 1938, comisario de la Base Naval, zarpó al exilio con la Flota Republicana cuando esta abandonó Cartagena, el cinco de marzo de 1939, rumbo al norte de África, al tiempo que se producía el “golpe” del coronel Casado, siendo la base operativa de la escuadra de guerra republicana uno de los “últimos objetivos militares” a los que se refirió el general Francisco Franco en su último parte de guerra, el 1 de abril de 1939. 

El denominado Comisariado de la Base Naval también editó en Cartagena, cuando Bruno Alonso fue titular del mismo, el semanario Metralla, desde el 25 de octubre de 1937 al 31 de enero de 1938. 

Referencias bibliográficas, además de las citadas, son las obras memoriales que el propio Bruno Alonso publicó en México, reeditadas en España, con estudios preliminares; los trabajos de Pedro María Egea Bruno, Juan Martínez Leal, Manuel Martínez Pastor y Luis Romero, sobre la guerra civil en Cartagena; los trabajos sobre el exilio cántabro (Soldevilla Oria: 1998) y de los marinos republicanos (Fernández Díaz: 2009 y Bouzekri: 2012), y sobre la propia Flota republicana (Cervera Pery: 1978, Alpert: 2008 y Frank: 2009), entre otras. Desde 2002, existe en Santander la Fundación Bruno Alonso.


Fuente: Biblioteca Digital Hispánica


lunes, 22 de noviembre de 2021

LA MEMORIA Y LA LEY DEL MÍNIMO ESFUERZO

 

 LA MEMORIA Y LA LEY DEL MINIMO ESFUERZO

 Declaración de la Asociación por la Memoria Militar Democrática (AMMD)

          


Desde el pasado día 3 de noviembre, organizada por la Fundación Pablo Iglesias y subvencionada por el Ministerio de Defensa, se acoge en el “Archivo Movimiento Obrero” de Alcalá de Henares (Madrid), una exposición que lleva el título “LOS LEALES 30 militares de la Republica”.

Aunque parezca una obviedad, se deben recordar como ”Leales” a aquellos militares que en Julio de 1936 permanecieron fieles a su promesa de lealtad a la República y a su Gobierno,  no participando en la sublevación, o bien “pasándose” a las filas republicanos durante la contienda. Consideraremos como “No Leales” o directamente “Rebeldes o sublevados” a aquellos miembros de las Fuerzas Armadas que se sumaron a la sublevación contra el Estado español, o bien se pasaron al bando rebelde durante el transcurso de la guerra. Huyamos de las tan recurridas como inaceptables equidistancias a la hora de hablar de los Ejércitos y la Armada leales y sublevados,  una  equidistancia que llevamos soportando desde el fin de la dictadura.

Cuenta la exposición citada con la colaboración, o al menos eso se dice en el díptico de propaganda, del Ministerio de Cultura, el de Defensa, Centros Documentales y varios Archivos. Como comisario de la exposición está Gutrnaro Gómez Bravo, titular del departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, Director del grupo de Investigación de la Guerra Civil y el Franquismo y autor de varios e interesantes libros.

Ignoramos los motivos que habrán llevado a Gómez Bravo a reducir a 30 el número de militares significados que permanecieron leales al Gobierno de la República desde el inicio de la sublevación militar del 36, origen de la mal llamada Guerra Civil Española. En cualquier caso las 30 reseñas no llegan ni al 4% del total de jefes y oficiales destacados del Ejército de Tierra, Aire y Armada que mantuvieron su juramento de fidelidad a la República Española.

El propio Ministerio de Defensa editó en el año 2015 el libro “Hombres de Armas de la República”, del Comandante Juan Barba Lagomazzini, el prólogo corre a cargo del General de brigada del Ejército de Tierra José Luis Coberna Caride. El libro, a lo largo de su más de 700 páginas, recoge las biografías resumidas de cerca de 900 jefes y oficiales de distintas armas que combatieron de forma significada en defensa de la libertad desde 1936 hasta 1939, algunos de ellos lo siguieron haciendo luchando contra nazis y fascistas durante la IIGM. Por supuesto, y por motivos perfectamente comprensibles e inevitables muchos otros no figuran en el libro de Juan Barba.

Si importantes son las ausencias, no lo es menos, en sentido negativo, incluir en el listado  de leales al Coronel Segismundo Casado instigador y protagonista del golpe de estado contra el Gobierno de Juan Negrín en marzo de 1939, en aras de una paz negociada con Francisco Franco. Además de no obtener nada de Franco, las maniobras de Casado propiciaron la división en el Ejército y la sublevación de la Base Naval de Cartagena, mientras tanto Franco se frotaba las manos. Finalmente, Casado marchó a Francia, país en donde permaneció hasta 1961, año en el que regresa a España, siendo sometido a Consejo de Guerra y absuelto por los franquistas.

Saludamos la intención de los organizadores de la exposición,  pero su  incomprensible simplicidad en nada ayuda a desterrar la idea, extendida en el seno de nuestra suciedad, de que  todos  los militares apoyaron la sublevación de 1936. No, no fue así, un elevadísimo porcentaje de militares de carrera mantuvieron su promesa de lealtad a la Republica, aun a costa de sus vidas, o de largos años de cárcel, o de un interminable exilio, cumplieron con su deber, tal y como voluntariamente prometieron todos los Generales en situación de actividad n reserva y todos los Jefes, Oficiales y asimilados que no estaban retirados o separados del servicio, según lo establecido en el Decreto 113 del 24 de abiil de 1931:

"Prometo por mi honor servir bien y fielmente a la República, obedecer sus leyes y defenderla con las armas", texto que en lo referente a la Armada quedó así: "Prometo ser fiel a la Nación, leal al Gobierno de la República y obedecer y respetar y no abandonar a los que me manden"

Reducir el número de leales dignos de mención a tan solo 30 poco ayuda, más bien perjudica, obstaculiza la necesidad de que la verdad se imponga. Esperamos que más pronto que tarde tanto todos los "Leales" como los "Rebeldes", junto con el detalle verídico y objetivo de su comportamiento, figuren en los libros de Historia que circulen por los Institutos y Universidades, y desde ya en las Academias Militares, como ejemplo de lealtad de unos y de deshonor y traición de otros.

Deploramos también que se haya perdido la ocasión para manifestar con rotundidad, desde el Ministerio de Defensa, que el rechazo al franquismo por los miembros de las Fuerzas Armadas en modo alguno cuestiona la debida neutralidad política de los militares y que la utilización espuria de este argumento para acallar a sus críticos coloca a un régimen nacido de la deslealtad de una parte de sus mandos como una opción política válida.

Terminar aclarando que el díptico de la exposición presenta un error muy difícil de justificar. Se inlcuye la imagen de un barco de guerra, el pie de foto nos indica que es el acorazado "España", cuendo en realidad se trata del crucero "Libertad", buque insignia de la Flota Republicana. El acorazado "España", en dique en Ferrol, cayó en los primeros momentos en manos de los golpistas, pese a la resistencia de la tripulación frente a dos regimientos sublevados, uno de Artillería u y otro de Infantería de Marina.


Madrid,22 de noviembre de 2021.

Asociación por la Memoria Militar Democrática.






lunes, 25 de octubre de 2021

TIERRA A LOS MUERTOS EN EL ACORAZADO "JAIME I"



La lectura de lo que sigue me provoca una amarga sensación, una rabia incontenible al ver como los mandos de la Base, el Arsenal de Cartagena y a la postre el Ministerio de Marina dieron tan deshonrosa sepultura a los marinos fallecidos en el acorazado “Jaime I” aquel fatídico 17 de junio de 1937. Una vergüenza sin paliativos.

Del libro “Acorazado Jaime I: El Potemkin español” de Manuel Gantes García, miembro de la dotación del acorazado. (Págs.: 130, 131 y 132)



En la imagen la zona del puente del acorazado tras el sabotaje
en el puerto de Cartagena


… A la mañana siguiente al traslado de los ataúdes al cementerio asistí a otra asamblea, en la cual también hubo leva de personal. Una vez concluida ésta y antes de romperse la formación, un Auxiliar del Cuerpo de Buzos me ordenó que saliera de las filas y me puso a su lado. A continuación mandó salir a diez marineros más que se unieron a mí y todos juntos subimos a una camioneta que nos esperaba. Antes de arrancar los vehículos, el buzo explicó el cometido que llevábamos y que era ir al cementerio a enterrar a los muertos del “Jaime I”. Por mi parte asentí a lo que me decía e íntimamente le agradecí que me hubiera escogido para aquella misión como deferencia hacia el buque en el cual había sido tripulante. Rápidamente el coche se puso en marcha, y una vez pasado el control de  la puerta este tomo la dirección de la necrópolis de Santa Lucía.

Cuando llegamos al sagrado recinto ya nos esperaban dos sepultureros que nos explicaron lo que teníamos que hacer y que consistía en cavar una gran fosa para enterrar a los que habían quedado insepultos el día anterior. Provistos de las herramientas necesarias, comenzamos a trabajar con la decisión de acabar con aquella tarea lo más pronto posible. A todo esto el calor ya se hacía sentir y el hedor de los cadáveres apestaba el aire. A golpes de azadón deshacíamos las sepulturas existentes, cuyos materiales apartábamos para las veredas. Pronto empecé a sudar y me despojé de la camisa quedando con el pecho al aire. A medida que avanzábamos en aquel trabajo tan macabro iban surgiendo entre nosotros diversos restos humanos, que a juzgar por lo intactos que estaban calculamos que habían sido enterrados hacía poco tiempo.

No había pasado la mañana cuando empecé a sentir el síndrome de los cementerios. El polvo seco que respiraba me secaba la boca y me daba asco pensar que estaba trabajando detritos humanos. Llegamos al mediodía con un sol abrasador. Hambrientos y bañados en sudor dimos fin a la primera parte de nuestro trabajo quedando la tumba preparada para ser ocupada. Dada la hora que era, y al ver que nadie apareció para relevarnos, nuestro jefe se mostraba inquieto y nervioso por no disponer de comida para la gente. Como quiera que viera en nosotros malas caras por esta contrariedad, rápidamente tomo una decisión, diciéndonos que estuviéramos tranquilos pues iba a un lugar cercano en busca de alimento.

Después de descansar un poco bajo una sombra me entró una impaciencia que no pude contener, por lo que, y con objeto de distraer el hambre me dediqué a leer las inscripciones de las tumbas….El tiempo pasaba, el hambre nos acuciaba y no veíamos la solución por ninguna parte. El buzo que nos mandaba tardaba mucho en regresar y esto nos parecía mala señal. Algunos de mis compañeros protestaban abiertamente y los que mostrábamos más serenidad en el fondo estábamos hondamente soliviantados. Aquella situación era en sobremanera desagradable y la atribuíamos a una falta de dirección eficaz. En aquellos momentos, en plena juventud y sin comer, el hambre era muy mala consejera. Y esto hacía que algunos exaltados se asociaran con los fantasmas de las sublevaciones, que aún no se habían extinguido del todo.

Los sepultureros habían marchado. Después de mucho esperar, al fin vimos venir a nuestro jefe cargado con una cuna tomatera que, por el peso que aparentaba, daba la sensación de que traía comida en abundancia. Ya una vez junto a nosotros, comenzamos a repartir el contenido del cesto, y vimos con sorpresa que solo había una docena de peras que por cierto eran muy duras y pequeñas. Pero como el hambre era mucha, nadie comentó nada y en silencio devoramos la fruta.

Reanudamos el trabajo. Como el sol ya estaba muy bajo, el jefe nos metía prisa y al distribuir a la gente me mandó para la fosa con el cometido de estibar los ataúdes. A todo esto, a pesar de que trabajaba con mucha voluntad, pronto me vi y no me deseé con la encomienda que me había dado. Dada la profundidad del hoyo, en el momento de recoger los féretros que nos echaban de arriba, estos quedaban tan verticales que la sangre chorreaba sobre los que estábamos abajo. Y aquellos se me hacía muy repelente. De todas maneras, esta contrariedad la soportaba con paciencia, porque, al fin y al cabo, yo me sentía muy honrado, por ser el único tripulante del acorazado que había dado sepultura a sus compañeros.

La noche se echaba encima. Apurando lo más posible, echamos las últimas paletadas de tierra en la fosa y dimos por concluida nuestra misión. Una vez recogidas las herramientas, nos acercamos a la caseta de enterradores, los cuales con un balde nos arrojaron por el cuerpo un líquido desinfectante. Sin pérdida de tiempo, porque la oscuridad ya era total, rápidamente subimos a la camioneta y emprendimos eL regreso al Arsenal. Durante el camino de vuelta, me sentía como vacío e insensible por la experiencia de haber hecho de enterrador. Cuando llegamos al cuartel ya todo era silencio. Nos dieron algo para cenar y a continuación nos fuimos a dormir.


 


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