lunes, 19 de enero de 2015

LA GESTA DE LOS MARINOS REPUBLICANOS



La dotación del "Jaime I" una vez
recuperado para la República.
La decidida actuación de los marinos republicanos no pertenecientes al Cuerpo General impidió que la Flota gubernamental cayera en manos de los golpistas. De haber sido así y ésta hubiese quedado en poder de los facciosos el traslado de fuerzas sublevadas desde África habría sido inmediato y posteriormente se habría imposibilitado totalmente la llegada de los suministros que destinados al ejército republicano debían venir por mar. El bloqueo de los puertos por parte de los golpistas habría sido total. Sin el grueso de la Flota en manos del Gobierno la guerra, la resistencia al fascismo, habría durado muy poco. 

Los cuerpos auxiliares, especialistas, radiotelegrafistas, electricistas, maquinistas, artilleros, fogoneros, marinería en general, etc...conocedores de la intención de los comandantes de los buques de entregar los navíos a los sublevados, actuaron en consecuencia para evitar tal traición. Mucho se ha escrito por los historiadores franquistas sobre determinadas actuaciones criminales de los marinos republicanos para con la oficialidad rebelde. Cierto es que no se andaron con contemplaciones a la hora de enfrentarse a los mandos sublevados que opusieron resistencia, pero el asunto se ha magnificado y hasta podríamos decir que "novelado" al objeto de calificar a los marinos leales a la República como simples asesinos, nada más lejos de la realidad. Ante una situación como fue la rebelión de los comandantes y oficialidad de los buques y su decidido propósito de entregar una flota completa a los enemigos del Gobierno, su actuación para evitar la traición fue proporcionada y ajustada a las circunstancias, y aunque si es cierto que en esos primeros momentos y en algunas ocasiones las dotaciones se tomaron la justicia por su mano, no es menos cierto que solo se actuó contra militares manifiestamente golpistas y levantados en armas contra  la República y contra el Gobierno democraticamente elegido en febrero de 1936 y que también muchos de los leales perdieron la vida en estas operaciones.

Aunque en este blog existe abundante información sobre el desarrollo de los acontecimientos vividos en la Armada durante la Guerra Civil, tanto en sus momentos iniciales como en el transcurso de la misma, considero necesario transcribir una mínima parte de la obra "Guerra y Revolución en España (1936-1939)", en la que se relata de forma resumida el papel de los marinos republicanos en los primeros días del golpe de estado y sublevación contra la II República Española.

La gesta de los marineros 
Los planes facciosos comenzaban a fallar. Y si la resistencia popular no pudo impedir en el Suroeste de España, por la proximidad de África y de la frontera portuguesa, ciertos éxitos de los rebeldes, en lo fundamental, comenzaban a desmoronarse las ilusiones facciosas de un avance incontenible sobre Madrid y de una victoria relámpago. 
Pero lo que llevó el desconcierto a las filas de los sublevados fue su aplastante derrota en la Escuadra; creían que ésta seria suya con facilidad; se habían olvidado de las tripulaciones, que hicieron fracasar sus planes. 
EI hecho impresionante, que no se había dado en ningún país, y que la República — por distintas causas que trataremos a su debido tiempo — no supo aprovechar adecuadamente, fue que la Escuadra, dirigida por los marineros, con excepción de un pequeño número de barcos, quedó al lado del Gobierno republicano e infligió a los facciosos su primera gran derrota. 
Al estallar la sublevación, la Escuadra española se componía de dos acorazados: el «Jaime I» y el «España», que se hallaba desarmado en EI Ferrol; cinco cruceros: «Libertad», «Miguel de Cervantes», «Méndez Núñez», «Almirante Cervera’» y «República»; doce destructores, ocho torpederos, doce submarinos, cinco cañoneros, nueve guardacostas y otras unidades auxiliares. Aparte de esto se construían en distintas gradas los cruceros «Canarias» y «Baleares», tres minadores, cinco destructores, tres submarinos y un cañonero. 
La oficialidad de la Flota estaba en su mayoría comprometida en el levantamiento. En el mes de mayo, y por consejo del general Franco, la Escuadra había realizado en aguas de Canarias unas maniobras navales planeadas por el jefe de Estado Mayor de la Marina, Javier Sala —almirante comprometido en el alzamiento—, con el fin de sondear la disposición de los jefes de la Marina a participar en la sublevación. Las conversaciones sostenidas entre Franco y los jefes de la Escuadra terminaron con un completo acuerdo y despejaron la última incógnita que aún retrasaba la inclusión de las tropas coloniales en el dispositivo de la sublevación: los jefes de la Escuadra se comprometieron a desembarcarlas en la Península. Los informes sobre estos conciliábulos, recibidos aquellos días en el Ministerio de Marina, permitían sospechar que los jefes de la Flota proyectaban sublevarse con Franco en Canarias, pasar de allí a Marruecos y proceder al traslado del ejército de África. 
El aplazamiento de la rebelión por aquellas fechas, hizo, no obstante, impracticable este proyecto. EI subsecretario de Marina, general Matz, a la vista de la sospechosa conducta de los mandos de la Escuadra, dispuso que ésta regresara a sus bases sin tocar los puertos de Marruecos. Las unidades mayores —un acorazado y varios cruceros— pusieron rumbo a EI Ferrol. Los destructores regresaron a Cartagena. En dichas bases se hallaban la mayoría de las unidades de la Flota al estallar la sublevación, mientras que en la de Cádiz sólo se encontraban los cañoneros «Canovas» y «Lauria», el desmantelado crucero «República» y algunos otros buques de escasa eficacia. En la base de Mahón fondeaba una flotilla de submarinos, integrada por el B-1, B-2, B-3 Y B-4. 
El 17 de julio, después de producirse la sublevación en Melilla, los destructores «Almirante Valdés», «Sánchez Barcáztegui» y «Lepanto», anclados en Cartagena, así como una flotilla de submarinos de la misma Base, recibieron del Gobierno la orden de hacerse a la mar, rumbo a África, con la misión de impedir el traslado de tropas por el Estrecho de Gibraltar y de bombardear los cuarteles de los rebeldes en Melilla. Esta medida de emergencia, cursada sin una previa depuración de los oficiales sospechosos, pudo haber facilitado la entrega de los buques a los militares rebeldes. De los mandos de los tres destructores, sólo Valentín Fuentes, comandante del «Lepanto», era leal a la República. Los otros esperaban la ocasión propicia para sumarse a los sublevados y creyeron que el momento había llegado al avistar Melilla en la madrugada del 18 de julio. En vez de bombardear la plaza, metieron el «Sánchez» y el «Valdés» en el puerto y entablaron negociaciones con los facciosos a fin de estudiar juntos la forma de engañar a la marinería y envolverla en la sublevación.
La vigilancia de los cabos, fogoneros, auxiliares y marineros, impidió que la traición se consumara. Al comprobar que sus oficiales estaban en franca rebeldía, cortaron estacha y se hicieron de nuevo a la mar. El comandante del «Valdés» aún intentaría encallar el buque contra el morro del muelle. A las 10 de la noche, con la hélice rota y una vía de agua, los marineros del «Valdés» lograron, venciendo enormes dificultades, poner el buque en franquía, fuera del alcance de las baterías de costa. Las dotaciones de ambos destructores detuvieron a los mandos y los condujeron a la Península, mientras el «Lepanto» quedaba al largo de Melilla. 
En la tarde del 18 de julio, los comandantes del «Churruca» y del «Laya» recibieron del Ministerio de Marina órdenes de abrir fuego contra los barcos que intentaran transportar tropas o pertrechos de guerra a la Península y de cañonear la plaza de Ceuta. Los oficiales, ya en plena rebelión, ocultaron a la marinería estas órdenes.
El «Churruca» embarcó en Ceuta la Quinta Bandera del Tercio y la volcó sobre Cádiz. La oficialidad del «Laya» puso el barco al servicio de los rebeldes de Larache. Más al salir de nuevo al mar, auxiliares, maquinistas, cabos y marinería, se adueñaron de los fusiles de los pañoles, redujeron a los mandos después de cruzar algunos disparos y pusieron los buques a disposición del gobierno.
La noche del 19 al 20 de julio, la dotación del submarino C-3 comprobó que su comandante incumplía la orden de hundir los buques que salieran con tropas o material bélico de Melilla, detuvo a los oficiales y advirtió a los demás submarinos la deslealtad de sus mandos. El día 22 todos los submarinos de la base de Cartagena se hallaban a las órdenes del gobierno.
Del mismo arrojo y. fidelidad a la República dieron pruebas las dotaciones de los cruceros «Libertad» y «Miguel de Cervantes» y la del acorazado «Jaime I». El 18 de julio, al conocer la sublevación en Cádiz, el gobierno ordenó a los tres buques zarpar de las bases de Galicia, con la misión de dirigirse a Cádiz y de rendir al faccioso Varela. En la Estación de Comunicaciones Radiotelegráficas de la Marina, instalada en Madrid, el radiotelegrafista Benjamín Balboa detuvo al jefe de los servicios, complicado en la sublevación, y consiguió establecer dialogo directo con los operadores de los buques, advirtiéndoles que vigilasen a sus mandos. Para impedir que se cerrasen las estaciones de radio y se aislase a la marinería, se dio a los comandantes la orden de comunicar cada dos horas la situación geográfica de los barcos. A los radiotelegrafistas se les cursó el siguiente radio:
«EI Jefe de los Servicios de Comunicaciones del Ministerio de Marina ha sido detenido por complicidad con la rebelión. En su poder encontramos claves que también poseen los comandantes de los buques. Desde este momento y para que no seáis sorprendidos si los conjurados alegan cumplir órdenes del ministro no aceptéis ningún telegrama en clave. Todos los que partan de esta Estación serán transmitidos en lenguaje corriente. Considerad facciosos los que así no vayan. Así se convirtieron los radiotelegrafistas en heraldos de la República en alta mar. Ellos ponían en guardia a los cabos, fogoneros, maquinistas y marineros de las intenciones de la oficialidad.
«Gracias a ellos —escribe Benavides— no hubo en los barcos las sorpresas que se produjeron en los cuarteles. Los oficiales no podían burlar a las dotaciones con la mentira de que tornaban las armas en defensa del régimen... EI soldado sólo oye al oficial sublevado; el marinero oye, por medio del radiotelegrafista, la voz del Gobierno.» 
Los primeros en adueñarse del buque son los marineros del «Libertad». Al llegar a la altura de Cádiz, los mandos del crucero empiezan a esgrimir toda clase de pretextos para incumplir la orden gubernativa de bombardear los objetivos militares de la ciudad. 
El radiotelegrafista Antonio Cortejosa capta la voz de Madrid: «Os están traicionando a vosotros y a la República. Empuñad las armas». Los cabos Romero y Bertalo se adueñan de los pañoles, distribuyen 200 fusiles entre la marinería, organizan la lucha. Poco después se telegrafía a Madrid: «Dotación detuvo jefes y oficiales, que se encuentran vigilados en sus camarotes. Ponemos buques a disposición del Gobierno». 
A las 5,30 de la tarde del día 19, cien fusiles encañonaron el puente del «Miguel de Cervantes». Los oficiales facciosos entregaron sus pistolas a los marineros y quedaron detenidos. 
A las dos de la tarde del día 20 la marinería del «Jaime I» interceptó un radiograma faccioso por el que se mandaba al comandante del buque desviar el rumbo hacia Ceuta. La dotación, dirigida por los cabos Rogelio Souto, García, Alonso y Mosquera, por el condestable Antúnez y el maquinista Caneiro, se armó de fusiles y conminó a los oficiales a rendirse. En el puente se entabló un choque breve, pero sangriento. Así se radió a Madrid: 
«Dotación buque, tras breve lucha, pónese con gran entusiasmo órdenes República. Tomó mando auxiliar naval, que conducirá buque a Tánger cumpliendo órdenes anteriores para hacer carbón y desembarcar heridos». 
Cuando el «Jaime I» llegó a Tánger el 21 de julio, ya se habían concentrado allí los buques héroes. Era una Armada asombrosa, rescatada por marineros, cabos y maestres para la República, depurada de oficiales fascistas y gobernada por los Comités de a bordo. 
En el Norte, el destructor «José Luis Díez», dirigido por el oficial José Antonio Castro (1), se incorporó a la lucha contra los facciosos desde el primer día. 
Las bases de Mahón, Cartagena, Cádiz y El Ferrol fueron también escenario de duros combates de la marinería contra los rebeldes. Las dos primeras —Cartagena y Mahón— fueron conquistadas para la República. 
A la Flota republicana se sumó también el crucero «Méndez Núñez». Sorprendido por la sublevación en Guinea, la dotación, orientada por el maquinista Rodríguez Sierra y otros, desembarcó a los mandos rebeldes y puso rumbo a la Península. La marinería española había escrito la página más gloriosa de su historia. 
El Encargado de Negocios hitleriano en España, Voelckers, escribiría a éste respecto a su gobierno: 
«La defección de la Marina frustró, por vez primera, los proyectos de Franco. Fue este un fallo de organización muy grave, que amenazó con desbaratar el plan en su conjunto, que sacrificó inútilmente las guarniciones de las grandes ciudades... y que, sobre todo, hizo que se perdiera un tiempo precioso.» 
Los facciosos sólo consiguieron retener en Melilla el cañonero «Dato» y varios transportes. Con la Escuadra, ya leal, en el Estrecho, el sucesivo traslado de tropas hubo de ser suspendido. 
De momento, los marinos revolucionarios habían cerrado el camino del mar a los facciosos.

El posterior y totalmente desafortunado envío del la Flota al Cantábrico permitió que las aguas del Estrecho de Gibraltar quedarán bajo dominio de los facciosos. Decisiones equivocadas del ministro de Marina y las consecuencias de la existencia de un gran número de oficiales y mandos que siendo afines a los golpistas permanecieron en la Flota, en su Estado Mayor y en el propio Ministerio, proporcionando información al enemigo, saboteando operaciones y buques, junto con las intervenciones de los submarinos piratas italianos y nazis gracias a la inacción de Francia e Inglaterra en lo relativo al cumplimiento y observancia de sus obligaciones derivadas del Pacto de No Intervención, impidieron que la magnífica Flota republicana pudiera desplegar todo su potencial. No menos importante fue la decisión del Gobierno de no utilizar la Flota para impedir la llegada a España de los convoyes italianos y alemanes con suministros de todo tipo para los sublevados, limitándose ésta a la escolta de aquellos buques que transportaban material para la República.


Benito Sacaluga



(1) Entiendo que el autor quiere referirse a Juan Antonio Castro Izaguirre, aunque éste no se hizo cargo del "José Luis Diez" hasta 1937, en el puerto francés de El Havre donde se encontraba reparando, previa deserción de su comandante, oficiales y el jefe de máquinas.




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