lunes, 11 de mayo de 2015

LA BASE NAVAL DE MAHÓN EN JULIO DE 1936





Considerada una base menor, la Base Naval de Mahón (Menorca) prestaba apoyo logístico a la flotilla de submarinos allí destacados. Excelente para fuerzas ligeras, pero por sus reducidas dimensiones no lo era tanto para una fuerza naval de mediana importancia. El fracaso del golpe en ella supondrá un durísimo coste para la oficialidad sublevada.




1916. COMENZABAN LOS TRABAJOS DE CONSTRUCCIÓN DE LOS 3 PANTALANES PARA EL NUEVO APOSTADERO DE SUBMARINOS DE LA BASE NAVAL DE MAHÓN (Archivo Fernando Andreu)

Proclamado el estado de guerra en la isla de Menorca en la mañana del 18 de julio, por el gobernador militar, general José Bosch Atienza y por el jefe de la Base, contraalmirante Luis Pascual del Pobil, la nueva situación provoca un estado de tensión y desagrado entre las clases subalternas, tanto de la Armada como del Ejército, presionados por los suboficiales del Ejército, que se han hecho con el mando de la guarnición, impidiendo el traslado a Mallorca de Bosch Atienza para sustituir a Goded en la Comandancia General de Baleares. Tenido conocimiento del fracaso de este último en el intento de sublevar Barcelona, los auxiliares de la Base y la marinería proceden a desarmar y detener a jefes y oficiales, que quedan detenidos, incluido el comandante de la misma Pascual del Pobil.


BANDO FRANQUISTA DECLARANDO EL ESTADO DE GUERRA EN MENORCA

BANDO

Don José Bosch Atienza, general de brigada, Comandante Militar de Mahón. 
HAGO SABER: que en esta fecha acuerda y declara el estado de guerra en esta isla y en su consecuencia 
ORDENO Y MANDO:
Artículo. 1.- Serán repelidos por la fuerza sin previa intimación todos los actos de violencia realizados contra cuarteles, polvorines, dependencias militares, conducciones de agua y energía eléctrica y los que se cometan contra edificios públicos y particulares, bancos, fábricas y establecimientos, estén o no custodiados por fuerzas del Ejército y Seguridad.
Artículo. 2.- Queda suprimido el derecho a la huelga, debiendo reintegrarse al trabajo todos los obreros a la orden de empezar. Los directivos de las Sociedades Obreras serán directamente responsables del incumplimiento de este artículo siendo sometidos a juicio sumarísimo.
Artículo  3.- Queda terminantemente prohibida la formación de grupos que excedan de tres personas así como la celebración de reuniones, mítines, conferencias o manifestaciones públicas, ni aun las juntas generales ordinarias o extraordinarias de asociaciones y sindicatos sin mi autorización. Los infractores de la primera serán violentamente disueltos por la fuerza pública sin intimación de ninguna clase; los organizadores de los segundos serán sujetos asimismo a juicio sumarísimo. 
Artículo  4.- Las autoridades o Corporaciones civiles continuarán funcionando en todos los asuntos que no se relacionen con el orden público, limitándose en cuanto a éste a las facultades que mi Autoridad les delegue. 
Artículo  5.- Los funcionarios o Corporaciones que no presten el inmediato auxilio que por mi Autoridad o por mis subordinados sea reclamado, o que se opongan en cualquier concepto al exacto cumplimiento de este bando, serán juzgados inmediatamente en juicio sumarísimo. 
Artículo  6.- Se declaran incautados y a mi disposición los automóviles de carga, viajeros, motocicletas y vehículos de todas clases, quedando absolutamente prohibida la circulación rodada, tanto en el interior de las poblaciones como fuera del caso de las misma y en las carreteras, caminos, pistas y veredas, debiendo los conductores proveerse de una licencia especial para cada caso y viaje que será solicitada de mi Autoridad o de la que en caso designe. 
Mahón 18 de julio de 1936. El Comandante Militar José Bosch.

Pedro Marqués Barber, brigada de Artillería, es quien toma la iniciativa para anular los efectos de la proclamación del estado de guerra en Menorca, lo hace en unión de los también brigadas Francisco Martínez Sánchez-Moreno, Jaime Palou Msanet, y José Montaña Galbán, junto a los sargentos Antonio Venegas Ibarra, Pedro Quintanilla Quintanilla y Jesús Gabaldón Paños. Después de neutralizar y detener a los sublevados, envía al Gobierno el siguiente mensaje: 
“De comandante militar accidental de Mahón a Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra (Giral): Al tomar mando militar de la plaza por haberme sublevado en unión Cuerpo suboficiales y tropa, acatando la voluntad pueblo y Gobierno constituido, saludo a V.E. y Gobierno en pleno, ofreciendo la más leal, entusiasta y fiel colaboración a la obra de la República”.
En cuanto a lo ocurrido en el interior de la Base Naval, la iniciativa de los suboficiales de la Armada de detener a los jefes sublevados y hacerse con el control de la Base parte del Oficial 1º Naval Nicanor Menéndez Casanovas, que tras la destitución del contraalmirante Pascual del Pobil pasa a ser nuevo jefe de la misma, seguido del Auxiliar 1º de Oficinas José Sánchez Sepulcre como jefe de Estado Mayor, Auxiliar 1º de Torpedos José Cortázar Zabala jefe de la Flotilla de Submarinos, Oficial 3º de Radio Antonio Hernández Domínguez jefe de Comunicaciones, Segundo Maquinista Antonio Barrera Rodríguez jefe de Máquinas, Oficial 1º de Servicios Técnicos Antonio Romero Díaz jefe de Ingenieros, Auxiliar 1º Antonio Otero Brañas Jefe de Sanidad, Auxiliar 2º de Oficinas Fernando Quintas Miranda Comisario Habilitado, Auxiliar 1º de Aeronáutica Naval don Francisco Sauri Servera jefe de la Escuadrilla de Hidros, Oficial 2º de Artillería Francisco Martínez Roldán jefe de Artillería, Oficial 2º Torpedista Joaquín Coronilla Parejo jefe de Defensas Submarinas y Auxiliar 2º de Artillería Pedro Pena Sixto ayudante del jefe militar de la Base. 

El nuevo poder naval comunica la situación al Ministerio de Marina mediante un despacho redactado en los siguientes términos: 
“Comité Cuerpos Auxiliares, Segunda Sección Maquinistas y marineros a Ministro de Marina.- Habiendo permitido autoridades esta Base y Cuerpos patentados de la misma que se de cumplimiento a bando autoridad militar esta plaza declarando estado de guerra contrario a lo ordenado por el poder legalmente constituido, este Comité los declara facciosos, y más cuando con anuencia y beneplácito de estos ha sido llevado por hidro a Barcelona el general Goded sin que esta autoridad de esta Base tomase resolución alguna no mereciendo confianza a este Comité el personal de los Cuerpos Patentados, los cuales en todo momento han demostrado su adhesión entusiasta a los enemigos del régimen republicano; constituido éste, han acordado nombrar jefe militar de esta Base al oficial 1º Naval Nicanor Menéndez haciendo nombramientos de los demás servicios.- Después de haber efectuado estos nombramientos acordó detener en su domicilio bajo vigilancia al almirante de esta Base y a los demás jefes y oficiales de los Cuerpos Patentados en el pabellón de submarinos, procediendo antes al desarme de dicho personal con toda la marinería de esta Base que voluntariamente se ha unido a nuestra voz de mando.- El brigada con mando en la plaza nos ha ofrecido fuerzas por si las necesitábamos agradeciendo su ofrecimiento puesto que las nuestras como siempre esperábamos nos han sido leales.- Esperamos que esta nuestra determinación merezca la aprobación de V.E. o en caso contrario, sus órdenes.- ¡Viva la República!”.


La Base Naval de Mahón, al igual que toda la isla de Menorca, no desempeñó ningún papel crucial en la guerra, aunque tuvo que soportar importantes bombardeos aéreos. Una vez perdida Cataluña, Menorca quedó sin contacto con los territorios republicanos. La isla se rindió en febrero de 1939 con la mediación del gobierno británico.


Benito Sacaluga.



Fuente: La Armada Española durante la Guerra de los tres años.



viernes, 1 de mayo de 2015

CARTAGENA NUNCA SE SUBLEVÓ (ll)




En la entrada anterior puse de manifiesto la lealtad republicana de Cartagena ante la revolución Casadista de la primera semana de marzo de 1939. En esta ocasión quiero referirme al comportamiento de la Base Naval y el Arsenal de Cartagena observaron ante el golpe de estado fascista de julio de 1936. Si bien los mandos de  las Bases y Arsenales de San Fernando (Cádiz), Ferrol (Coruña) junto con las Escuelas de Tiro de la Armada ubicadas en la ría de Marín (Pontevedra) y la Comisión Hidrográfica de Las Palmas (Canarias) se adhirieron con entusiasmo al levantamiento, la Base y Arsenal de Cartagena y la Base de  Mahón (Menorca) consiguieron hacer fracasar el golpe en esas plazas y permanecieron fieles a la República.

En Cartagena y su Arsenal el fallo de interconexión de los marinos sublevados con el ejército al mantenerse éste leal a la República tanto en la propia ciudad como en Valencia hará que el Bando de Guerra nunca llegue a leerse. Con una buena parte de los jefes y oficiales de la Base conjurados a favor de Franco, sin embargo, el tiempo perdido a la espera de la proclamación del estado de guerra por el gobernador militar de la plaza, general Martínez Cabrera, o por la jefatura de la División en Valencia, será aprovechado por los leales al Gobierno para hacer fracasar el golpe.

En la madrugada del 17 al 18 de julio, se recibe en el Arsenal y en algunos buques radiograma de Franco invitando a los jefes de las Divisiones, Escuadra y Bases Navales a unirse al levantamiento dándose cuenta del mismo de inmediato al jefe de la Base, vicealmirante Francisco Márquez Román, que envía una comisión a entrevistarse con el Gobernador Militar, el cual recomienda esperar hasta tanto no se tengan noticias de lo que esté ocurriendo en Valencia. Eso lleva al jefe del Arsenal, contraalmirante Camilo Molíns Carreras, a suspender la salida de dicha dependencia de las compañías de Marinería preparadas para intervenir en la proclamación del estado de guerra, al tiempo que una sección de guardias de asalto se sitúa en sus alrededores para tratar de impedir cualquier salida de fuerza naval hacia la población.

En la mañana del 19 se sabe que la base aérea de San Javier ha sido asaltada por la plantilla de auxiliares apoyada por personal del aeródromo de Los Alcázares siendo sofocado el amago de sublevación de sus mandos, que quedan detenidos. 

A primeras horas de la mañana del 20 el Gobierno de la República, fracasados todos los intentos de los sublevados de la Armada de proclamar en Cartagena el estado de guerra, domina y controla la situación en la Base Naval, de la que el vicealmirante Márquez entrega el mando al teniente de navío Antonio Ruiz González, el cual publica de inmediato en la Orden del Departamento un mensaje dando cuenta de la nueva situación. El texto del mismo, de clara e inequívoca significación republicana, dice:

“Marinos: La insensatez y locura de unos malos patriotas están haciendo pasar en estos momentos horas de dolor a nuestra España, a este pueblo heroico, que en los momentos más decisivos de la historia, supo tener gestos gloriosos que sirvieron de admiración y ejemplo al mundo entero. Al dirigirme hoy a vosotros, dotaciones todas de los buques y dependencias a mis órdenes, lo hago con el propósito de agradeceros la eficacísima ayuda que estáis prestando a la defensa de una causa justa, como es la de mantener las libertades del pueblo español. Me siento orgulloso de tener a mis órdenes hombres tan bravos, hombres tan dispuestos a cualquier sacrificio; en una palabras, hombres tan hombres. La República necesita, en estos momentos, de todos los que se sientan españoles honrados. Fuerte ha sido hasta ahora el estado de vuestro espíritu, y así debe continuar hasta el aplastamiento de los traidores, ya en estos momentos debatiéndose en sus últimas resistencias a las fuerzas leales al régimen.
Por las calles de las ciudades y en el campo, las milicias del Frente Popular, las tropas leales y la aviación, conscientes de su deber, se baten y dan su vida generosa por la República; pero vosotros, en vuestro lugar, no habéis cumplido menos que los otros; a vosotros, dotaciones todas, os cabe el orgullo de haber contribuido a ahogar, en su nacimiento, este criminal intento; a vosotros os corresponde quedaros en vuestro sitio, pero siempre dispuestos a cumplir las órdenes que, para el bien de España, os den vuestros superiores, dentro de la mayor disciplina, el mayor orden y la mayor serenidad, para que nunca puedan achacaros delitos que el enemigo comete; continuad siendo fieles; aprestaros a la lucha y, cuando sea hora, demostrad con vuestra fuerza al servicio de la justicia, que todo lo dais por una patria noble a la que unos bastardos han intentado deshonrar en su criminal intento. De esta manera salvaréis a la República y daréis honor a la Marina, cuyo glorioso uniforme, para el bien de España, vestís. 
Pocas horas le quedan a los traidores de resistir el impetuoso ataque que nuestras fuerzas le dirigen; pero por pocas que sean, aún seguirán regando el suelo patrio con la sangre generosa de los españoles honrados. Hay que vengar esa sangre derramada, pero para eso es preciso que, pensando en España, continuéis dispuestos a defenderla. Hasta ahora habéis dado un buen ejemplo. ¡Seguid dándolo!
Dotaciones de mi mando: ¡Viva España! ¡Viva la República! ¡Viva la valiente Marina republicana! 
Vuestro jefe: Antonio Ruiz. Vicealmirante jefe de esta Base Naval”.

En el Arsenal mientras tanto, su jefe hasta ese momento, el contraalmirante Molins, traspasará sus poderes al segundo maquinista don Manuel Gutiérrez Pérez. La lista de nuevos nombramientos, refrendada por el Ministerio de Marina, la completan Jesús Hernández Guirao, oficial 1º de Oficinas, y Eusebio Vivancos Cerezuela, nombrados jefe y segundo jefe de Estado Mayor de la Base; Carlos Balandrón Vences, auxiliar 1º Naval, ayudante mayor del Arsenal; José Meliá García, auxiliar 2º de Oficinas y Archivos secretario del anterior; por último se nombra jefe de la Flota al capitán de Fragata, Fernando Navarro Capdevila. Aquí, en Cartagena, el medallero golpista, al contrario de lo ocurrido en San Fernando y Ferrol, brillará por su ausencia.


Benito Sacaluga




Fuente: LA ARMADA ESPAÑOLA DURANTE LA GUERRA DE LOS TRES AÑOS (1936-1939)

domingo, 12 de abril de 2015

CARTAGENA NUNCA SE SUBLEVÓ (I)





Tras la sublevación y golpe de estado del coronel Casado y siguiendo sus instrucciones, el cuatro de abril de 1939 los mandos de la Base Naval de Cartagena, comandados por el coronel Gerardo Armentia Palacios, comandante jefe del Parque de Artillería de la Base Naval, se adhieren a la rebelión contra el Gobierno de Juan Negrín, contra la República. Tres días más tarde, la 206 Brigada Mixta, a las órdenes de Artemio Precioso, recuperó para la República la Base Naval y los cuarteles de Cartagena. Al referirse a estos hechos, la sublevación de los mandos navales de Cartagena, los historiadores y cronistas lo hacen como “La sublevación de Cartagena”, yo mismo lo he hecho el alguna ocasión, expresión que induce al error de pensar que el pueblo cartagenero participó o apoyó la sublevación. No fue así, ni mucho menos.

En “La Escuadra la mandan los Cabos”, obra de Manuel D.Benavides, editada en México en 1944 y prohibida en España hasta 1976, se dedica el último capítulo a los sucesos de Cartagena de abril del 39, capitulo que por su extensión transcribiré extractado en varias entregas. 

Así comienza:

Cartagena fue una de las ciudades cuya población obrera trabajó mejor para la guerra. En los últimos meses los mineros solo se alimentaban a base de ensalada de alfalfa, no obstante bajaban diariamente a las minas y trabajaban hasta la extenuación. Estaban agrupados en las dos centrales sindicales, UGT y CNT, ni recibieron elogios ni los pidieron. Semanalmente extraían entre 2.000 y 2.500 toneladas de pirita.

En la ciudad, la lucha sindical no hizo desmerecer la calidad y la cantidad del esfuerzo. La fábrica de cartuchería, -sacada de Toledo, llevada a Madrid primero y después a Cartagena- que, nueva, daba un rendimiento normal por jornada de ocho horas de 75.000 cartuchos, en manos de los obreros de Cartagena, que ignoraban las conspiraciones y las anécdotas del Ministerio de Marina, llegó a producir, trabajando dos jornadas y media, 210.000 cartuchos diarios.

La fábrica de dinamita, la única de las Zonas Centro-Sur-Levante que, en fabricación normal, solía entregar de 60 a 70 cajas, produjo hasta 400 cajas. Hubo semanas que se enviaron a Madrid 10 toneladas diarias.

La Constructora Naval reparó los barcos averiados y terminó los destructores que se hallaban en periodo de armamento el 19 de julio de 1936 – “Almirante Miranda”, “Gravina” y “Escaño”-, y en el transcurso de 1937, los tres últimos destructores del mismo grupo: “Ciscar”, “Jorge Juan” y “Ulloa”.

En el Arsenal se fabricaban proyectiles de acero de 10,2 con una producción diaria de 450 unidades.

Granada de mortero Valero
http://www.amonio.es/
En el año 38 se montó en la Fábrica de productos químicos la fabricación de coedita y oleum, y en El Albujón, un taller-fábrica de artificios: estopines y espoletas antiaéreas, con una producción media de 3.000 semanales de cada una. Se habilitaron y montaron en la zona de Cartagena 14 fundiciones para la fabricación de granadas de mano y de mortero Valero, con una producción de 35.000 al mes de las primeras y unas 15.000 de las segundas. Cuatro talleres de herramientas, instalados en Cartagena, Alhama, Novelda y Elche, fabricaban cartuchería y vitolaje. Los obreros de Murcia facturaban espoletas para la Artillería y en Alhama de Murcia se montó con chatarra una fábrica en la que se manufacturaba la granada completa Valero, con un total de 350 diarias.

Todo eso se hizo con material requisado, sin importar ni una tuerca. Las mujeres realizaron el 30% del esfuerzo.

Fue a esos obreros a quienes abandonó la Flota, a los hombres y mujeres de los talleres y de las fábricas y a los mineros, todos trabajando llenos de fe en la causa republicana. Ellos no supieron nunca de los complots de la Base.

La población obrera de Cartagena, se dirigía al tajo cuando se produjo la insurrección de los mandos y de los burócratas. El mundo de los trabajadores era un mundo aparte; el de los mineros que en julio del 36 se ofrecieron para bajar a la Sierra y reducir a los marinos sublevados; el de las Juventudes Socialistas Unificadas, que se incorporaron a las fuerzas de Ortiz para rendir el aeródromo de San Javier y marcharon luego sobre Hellín y Albacete; el de los auxiliares y marineros que se sometieron a sus jefes…..

¡Cartagena no se sublevó !


Benito Sacaluga

martes, 24 de marzo de 2015

EXILIO REPUBLICANO. EL INCIDENTE DEL VAPOR CUBA. EXILIADOS O ESCLAVOS.




La Republica Dominicana sufrió la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina, desde 1930 hasta 1961. Su mandato estuvo acompañado por la represión absoluta y abundantes asesinatos, tortura y métodos terroristas contra la oposición. En 1937, Trujillo ordenó al Ejército matar a los haitianos que vivían en la zona fronteriza. El Ejército mató a unos 35.000 haitianos en solo seis días, desde la noche del 2 de octubre de 1937 a 8 de octubre de 1937, (Masacre de Perejil). Para evitar dejar pruebas de la implicación del Ejército, los soldados utilizaban machetes en vez de balas. Los Estados Unidos apoyaron el gobierno de Trujillo, al igual que la Iglesia católica y la élite dominicana. Este apoyo persistió a pesar de los asesinatos de políticos de la oposición, la masacre de los haitianos, y de las conspiraciones de Trujillo contra otros países. Los Estados Unidos finalmente rompieron con Trujillo en 1960, después de que agentes de Trujillo trataran de asesinar al presidente venezolano, Rómulo Betancourt, un crítico feroz de Trujillo. El 30 de mayo de 1961 Trujillo fue asesinado con armas proporcionadas por la CIA a través del estadounidense Simon Thomas Stocker. Los exiliados republicanos españoles también padecieron la dictadura de Trujillo.


El 6 de julio de 1940, sábado, arribó al puerto del viejo Santo Domingo de Guzmán el trasatlántico francés Cuba, transportando poco más de 600 refugiados de la Guerra Civil Española destinados al país en arreglo a los tratados migratorios establecidos entre el gobierno dominicano y el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE). Dentro del contingente a bordo del Cuba se hallaban personalidades cuya captura resultaba desde todo punto de vista interesante a las autoridades franquistas, como las de Ramón González Peña (dirigente de la Unión General de Trabajadores y ministro de Justicia durante el segundo gobierno de Negrín), Demófilo De Buen (jurisconsulto del Tribunal Supremo) o Matilde De la Torre (periodista y política), cercana a Negrín y a Julián Zugazagoitia, quien fue fusilado por Franco en 1940 tras su aprehensión en territorio francés. Reclutado mayormente en los campos de concentración franceses de Vernet y Colliure, el nuevo contingente hubiese elevado a cerca de 3,600 el número de los que por ese mecanismo habían llegado al país, cosa que no se produjo dado que, sorpresivamente, el gobierno desautorizó el desembarco, dando lugar a un poco claro incidente que canceló de facto la apertura inmigratoria del régimen de Rafael Leónidas Trujillo hacia los vencidos.

Llegado en la madrugada, al barco se le ordenó permanecer en el antepuerto, en tanto los representantes de los organismos de evacuación españoles hallaban una solución al delicado impasse en que se hallaba el contingente, carente desde ese momento de un destino cierto en América y ya bajo la jurisdicción formal del gobierno proalemán de Vichy, a cuyas órdenes quedaría el barco si la tripulación desertaba del bando aliado. De ocurrir esto, el contingente de refugiados enfrentaba el terrible acecho de ser enviado de vuelta a la Francia ocupada una vez el Cuba arribase a la Martinica, escala final de su travesía.

Al día siguiente, la prensa dominicana filtraba versiones de los motivos del gobierno dominicano para prohibir el ingreso de los refugiados al territorio nacional. Según el diario La Nación, la premura impuesta por el avance alemán había hecho que la mayoría de los pasajeros lo abordase careciendo de la documentación consular necesaria, aventurándose «a salir de Francia en cualquier forma» y entrando en el barco de forma intempestiva. Añadía, además, que el contingente no se había sujetado a la reciente disposición oficial de que los refugiados europeos llegasen al país por medio de la Asociación para el Establecimiento de Colonos Europeos en la República Dominicana (DORSA), con sede en Nueva York.

Durante tres días, el asunto se mantuvo envuelto en una aureola de misterio. Anclado frente al viejo Alcázar de Diego Colón, en la desembocadura del río Ozama, la prohibición absoluta de subir o bajar del barco llenó de expectación la vida de quienes esperaban en el muelle. La prensa de día 8, por ejemplo, describe con tonos dramáticos el incesante viajar de pequeñas embarcaciones repletas de personas que se acercan al trasatlántico tratando de encontrar entre los de abordo a algún pariente o amigo.

Fue hasta el martes 9 cuando, al fin, se produjo una declaración en torno al Cuba. Citando fuentes oficiales, La Nación de esa mañana publica una extensa explicación sobre las razones de la negativa dominicana. En ella, acusa a la Compañía General Trasatlántica Francesa de haber aceptado, movida por el lucro, a todo el que le pudo pagar el pasaje, desentendiéndose de observar los requisitos sobre visado consular. También se señala que dos meses atrás el gobierno dominicano había comunicado a los comités de evacuación la decisión de no seguir aceptando inmigrantes españoles pues no se había cumplido con el precepto de que un 50 por ciento de éstos se integrase por agricultores. Dice La Nación:

El gobierno dominicano fue sorprendido al encontrarse con que entre los miles de españoles enviados por los comités citados, no se encontraba ningún agricultor propiamente dicho, y que en cambio, de manera sistemática, era enviada a nuestro país una cantidad de inmigrantes francamente indeseables–con muy pocas excepciones- ya que no se trataba meramente de personas cuyas ideas o filiación política les obligaron a salir de España [...] sino de gente de profesión desconocida aún en su propio país, y cuya historia prácticamente comienza con la guerra [...] con títulos y cargos equívocos, que sólo justifican –en algunos casos - papeles de dudosa garantía. A esto se añade que las susodichas organizaciones sólo les entregaron cincuenta dólares a cada refugiado. Con suma tan pequeña, apenas podía vivir una persona dos meses en el país. Después, sin un organismo que se dedicara al estudio de las posibilidades de nuestro territorio para crear fuentes de trabajo [...] quedaron abandonados a su suerte, sin recursos para subsistir y sin preparación para realizar trabajos agrícolas, por ser gente que evidentemente no ha trabajado en la mayor parte de su vida [...]. Así pues, la actitud de una gran mayoría de los refugiados, ha sido y sigue siendo desde todo punto de vista censurable. Algunos, en vez de olvidar aquí sus rencillas [...] y deponer sus pasiones, continúan tratando de formar grupos políticos, comités, organizaciones, realizando así actividades incompatibles con su condición de refugiados; y lo que resulta aún peor es que con esto diseminan prejuicios e ideas perjudiciales para el país que les ha acogido, en el disfrute de una era de paz y trabajo.

Por lo anterior, el gobierno decidía no aceptar a los refugiados del Cuba, reiterando que todo aquel que, en lo sucesivo, llegara debía hacerlo por conducto de la DORSA. El trasatlántico permaneció en el antepuerto de Santo Domingo dos días más y zarpó el día 11 de julio hacia La Martinica, donde los emigrantes trasbordaron al vapor Saint Domingue que los condujo a México, país que los había admitido por las gestiones de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE) ante el general Lázaro Cárdenas.

El tono del enfoque dado por La Nación al tema de los refugiados contrasta vivamente con el trato que ese diario, en particular, había dispensado a los desembarcos iniciados ocho meses atrás con la llegada del Flandre, el 7 de noviembre de 1939 y con la versión general sostenida por los medios de comunicación sobre la solvencia moral e intelectual del colectivo refugiado en el país, sobre sus esfuerzos por adaptarse a una nueva vida y sobre los beneficios que derivaba la sociedad dominicana de todo ello. Viniendo de La Nación, medio propiedad del dictador, lo publicado era signo de que, profunda y amenazadoramente, las relaciones del régimen de Trujillo con los refugiados habían cambiado. La negativa a dar refugio al contingente del Cuba dejaba definitivamente atrás los días en que la Guerra Civil Española motivaba de parte del régimen dictatorial sonadas declaraciones humanitaristas en defensa del derecho de asilo, para abrir paso a una etapa de confrontación política con el colectivo refugiado en el país.

Curiosamente, no sería La Nación el medio por el que los refugiados y la sociedad dominicana en general seguirían percibiendo los contornos del cambio de actitud del régimen. Poco más de ese tenor aparecería en las páginas del diario, que, justo en la víspera, había dedicado dos notas editoriales dedicadas a destacar la vigencia de los principios humanitarios proclamados por Trujillo y el interés y el deber de practicarlos, incluso, por sobre los peligros de infiltración del enemigo extranjero.

A poco de partir el Cuba, el diario La Tribuna publicaba una caricatura alusiva al tema de los refugiados extranjeros en cuyo cintillo podían leerse algunas de las ideas con que comenzaría a representarse en círculos oficiales la presencia de los refugiados españoles: la decepción inmigratoria y la peligrosidad política.

Puesto al calce de la escena donde un hombre levanta en vilo a otro con la intención de lanzarlo al mar, el cintillo decía:

Extranjero ingrato ¡...te abrimos nuestros brazos hospitalarios y nos pagas con ingratitudes, haciendo propagandas subversivas de empresas que merecen todo crédito. Viniste en barco de tu país, de donde te arrojaron por algo mal hecho que hicistes... pero ahora vas a tener que regresar nadando. Como estoy haciendo a ti se le debe hacer a todos aquellos que en vez de regar nuestros campos con agua extraída de la fuente de la gratitud, se complacen en hacer todo lo contrario... PERRO INDESEABLE!...

Algunos días después, era el diario La Opinión el que volvía sobre estas representaciones. Comentando la «Apelación aTrujillo», una carta abierta donde una fracción de los exilados le solicitaba intervenir en defensa de los principios del derecho de asilo violados en Francia por la Gestapo, que había entregado a Franco a Julián Zugazagoitia, Cruz Salido y otros lideres, próximos a ser ejecutados, La Opinión afirmaba:

Hay muchos de estos refugiados que observan una conducta discreta y agradecida, pero la mayor parte de ellos, con una tozudez digna de haber sido aplicada en mejor ocasión, no piensan en otra cosa que en la política de España, aprovechando las garantías condicionales de que disfrutan para desahogar sus odios y para hablar en el país de doctrinas que jamás podrán aclimatarse, ni siquiera superficialmente, entre nosotros...Porque ya lo hemos dicho muchas veces... lo que aquí deseamos y necesitamos en materia de emigración es la llegada de gente trabajadora e inclinada a arraigar entre nosotros DEFINITIVAMENTE y no a los que carecen de todo sentimiento de gratitud y se expresan o se conducen de una forma censurable o desdeñosa.

Semanas más tarde, cuando visitaba el país el Sr. José Tomás y Piera, enviado por la JARE para conocer sobre la angustiosa situación en que vivía la mayoría de los exilados, la pizarra pública del Nuevo Diario sentenciaba lo siguiente:

Están de pláceme los refugiados españoles con la llegada al país del Ex-Ministro D. José Tomás y Piera, que a manera de Mesías viene a resolver la situación económica de los mismos y a prepararles la maleta a cuantos deseen trasladarse a México. Es una buena oportunidad que se nos presenta a los dominicanos de que nos saquen de aquí a muchos elementos que se han hecho acreedores a nuestro desprecio. ¡Que se vayan de aquí los que no desean vivir aquí!

En suma, la explicación que comenzó a configurarse oficiosamente sobre la política de inmigración de refugiados españoles desarrollada desde mediados de 1939 tendió a construir imágenes que hacían aparecer, por un lado, al gobierno dominicano como parte defraudada en los arreglos migratorios establecidos con los organismos de evacuación republicanos, en tanto, por el otro, presentaba a los llegados como una colectividad que no había sido consecuente en cuanto a corresponder la hospitalidaddominicana. ¿En qué medida reflejaban estas versiones las realidades del proceso de incorporación a la sociedad dominicana seguido por los refugiados en los meses previos?

En relación con los presuntos fines agrícolas de la política del régimen había existido, ciertamente, una gran desorganización. A la hora del incidente, la gran mayoría de las colonias agrícolas pobladas con refugiados ostentaba un perfil productivo muy bajo, por no decir que inexistente. Iniciados muchos de los asentamientos hacia finales del mes de febrero de 1940 (apenas cuatro meses antes del arribo del Cuba), la situación imperante en la mayoría de ellos era humana y productivamente deplorable. Poseyendo, generalmente, profesiones de base urbana, una gran mayoría de los llegados no era apta para el trabajo agrícola y presentaba graves problemas de adaptación climática al medio rural dominicano, lo que aunado a la ausencia de apoyos productivos y técnicos que facilitasen su esfuerzo de adaptación a la vida de las colonias intervino de modo relevante en los magros resultados que registraban hacia julio de 1940.

La fallida campesinización y el éxodo hacia las ciudades presionó en tal modo los espacios urbanos que pronto, muy pronto, el exilio español comenzó a ser considerado como un fenómeno problemático. Justo en los días en que el régimen se empeñaba en interesar a Roosevelt en la capacidad de la República Dominicana para absorber refugiados europeos, cientos de españoles desocupados se amontonaban en las ciudades, reclamando ayuda de sus organismos para ser evacuados del país. Sin embargo, el gobierno dominicano no podía, en rigor, declararse defraudado por el fracaso agrícola de la inmigración.

Como veremos, ese fracaso no obedecía, estrictamente, a la capacidad organizativa y financiera del SERE en cuanto a cumplir con la proporción de agricultores establecida y dotar los recursos adecuados para su establecimiento productivo, sino que tuvo también mucho que ver con la propia capacidad –o interés– del gobierno para impulsar los fines que decía perseguir. De hecho, más de un lector tuvo que sentirse confundido al leer en La Nación que al contingente del Cuba se le negaba la entrada por el envío sistemático de población no agricultora. No sólo porque los fines de fomento agrícola se hallaron relativamente ausentes como marco explicativo en la llegada de los tres contingentes que arribaron durante 1939, sino porque el propio diario se había encargado de difundir imágenes triunfalistas y promisorias sobre los alcances de la colonización agrícola. Entre abril y junio de 1940, el diario publicó reportajes y notas editoriales que proyectaban una visión exitosa del proceso de colonización; sus títulos son suficientemente expresivos: «Colonización progresiva y eficaz», «Un nuevo aspecto de la colonización agrícola dominicana», «Españoles en la agricultura», «Los colaboradores de Trujillo. Hombres de España en El Seibo», además de un extenso reportaje a doble página dedicado a la colonia de Pedro Sánchez.

Pero si las imágenes vertidas por la prensa en los meses previos al arribo del Cuba contradecían la versión de la decepción agricultora, en mucho mayor medida contradecían la idea de un colectivo inmigrado integrado por personas «francamente indeseables –con muy pocas excepciones». Muchos eran los técnicos y profesionales que en esos días, «títulos equívocos» o no, elevaban el nivel de desempeño de las políticas públicas del régimen, según podía leerse en las propias páginas del diario, que se constituyó en foro sistemático de la acción cultural del exilio en los distintos ámbitos en que este incidía. La «diseminación de prejuicios e ideas», –aspecto que, sin eufemismos, debe entenderse como la difusión de ideologías anarquistas, socialistas o comunistas– no dejaba de ser, a lo más, un fenómeno de carácter informal y cotidiano, pues las distintas configuraciones políticas del exilio evitaron premeditadamente la manifestación pública de sus representaciones políticas, o al menos lo hicieron hasta los días del incidente. En principio, la inquietud política por el posicionamiento crítico que los exilados asumían colectivamente frente al escenario de la Guerra Mundial, los avances del totalitarismo y el problema de la democracia, resulta ser el único elemento que podría explicarnos la sorpresiva dureza de lo expresado por La Nación, cosa que obliga a resolver analíticamente la paradójica apertura de un régimen totalitario a la inmigración de un exilio liberal en todos sus matices posibles.

¿Por qué facilitó el dictador la inmigración de una colectividad que había librado una guerra por principios e ideologías sociales por su inspiración proscritos en la ley dominicana?

El hecho de que la política que hizo llegar a la República Dominicana poco más de tres mil refugiados españoles tuviese un carácter en muchos aspectos informal, carente de bases institucionales claras e inmerso en el secreto mundo de la tiranía, traslada una apreciable carga de ambigüedad a las interpretaciones esbozadas por los historiadores sobre los determinantes y la naturaleza de la política seguida hacia el exilio republicano. En ausencia de bases documentales firmes, las interpretaciones sobre la paradójica política de inmigración del régimen dictatorial han hecho jugar diversos factores. Por una parte, los historiadores han tendido generalmente a convalidar los propios argumentos esgrimidos por el régimen como motivo para negar el ingreso a los pasajeros del Cuba y cancelar la apertura a la inmigración masiva de refugiados españoles, esto es, se ha admitido que los intereses de colonización agrícola realmente estimularon los contactos con el SERE. La tesis del trujillismo sobre el fracaso del proyecto inmigratorio por incumplimiento de la contraparte española en cuanto al envío de agricultores –tesis que siguió figurando en explicaciones oficiales posteriores–, ha sido aceptada sin crítica por los académicos a la hora de explicar la hechura de la política.

El interés colonizador del régimen dominicano se asume bajo el doble aspecto de política para el incremento de la producción agrícola y de política con objetivos de carácter demográfico. Según Naranjo, Trujillo inscribía la llegada de los refugiados españoles dentro de los «deseos de poblar el país con mano de obra blanca y fomentar el desarrollo de la agricultura mediante la creación de colonias». Lo racial pesa más en la explicación de Vega, para quien el interés del tirano se vio, además, mediado por «su deseo de mejorar la raza» y acentuar el carácter hispánico de la cultura dominicana, concibiendo la llegada de los refugiados dentro del proyecto de dominicanización de la frontera con Haití.

Aunque muchos dominicanos, de cualquier condición intelectual, leyeron desde ópticas racistas e hispanistas la política que traía a los refugiados españoles, es difícil sostener que el régimen efectivamente se hallase interesado en asentarlos en el país. Analizado como proceso de implementación, desde el reclutamiento en los consulados de París y Burdeos la política del estado dominicano deja ver un débil interés por lograr la efectiva inserción de los llegados en la agricultura. Basta observar, en ese sentido, la dinámica posterior a su llegada para comprender que ni la recepción, ni el asentamiento, ni las medidas de sostén de los refugiados en las colonias agrícolas del estado dominicano parecieron enmarcarse en la lógica de una política que persiguiera ese tipo de fines.

Trujillo admitió a los exiliados españoles en el contexto de una campaña de imagen ante la sociedad internacional,  para lavar sus muchos crímenes. Una vez conseguido este objetivo impidió la llegada de más republicanos españoles y a los que admitió les hizo la vida imposible para que abandonaran el país, prácticamente les trataba como a esclavos. 


Benito Sacaluga.


Fuente: Academia Dominicana de la Historia