miércoles, 4 de febrero de 2015

EL COMBATE DE CABO ESPARTEL





(1) Concentrada en Málaga el grueso de la Flota, tras el abandono forzoso de Tánger como puerto más cercano al Estrecho, una desafortunada decisión, en opinión recogida del blog de Benito Sacaluga, no tomada precisamente por los “cabos” sino por el mismísimo Indalecio Prieto, un político metido a Ministro de Marina, supone un duro golpe para la supremacía republicana en el mar al perder el control del Estrecho de Gibraltar.

El 21 de septiembre Prieto ordena la partida desde Málaga rumbo a Bilbao del acorazado "Jaime I", cruceros “Cervantes” y “Libertad” y destructores “Lepanto”, “Escaño”, “José Luis Díez”, “Antequera”, “Valdés” y “Miranda” a donde llegan el 24, al mando de Miguel Buiza que enarbola su insignia en el Libertad; el "Cervantes" al mando de Luis González Ubieta, el "Jaime I" comandado por Carlos Esteban, y la flotilla de destructores por Vicente Ramírez de Togores. La expedición la completan tres submarinos de la Clase C.


Una vez que la flota republicana deja atrás Ferrol, la marina sublevada hace bajar del Cantábrico a los cruceros “Canarias” y “Cervera” a romper el bloqueo del Estrecho que ha quedado a cargo de los destructores “Almirante Ferrándiz” y “Gravina”.




Señalada por la aviación sublevada la posición de los buques, el “Canarias” abre fuego contra el “Almirante Ferrándiz" disparándole tres andanadas hasta resultar hundido el 29 de septiembre muriendo casi toda su dotación, ciento sesenta hombres entre oficiales y marinería. 

Destructor "Gravina"


Por su parte el “Cervera”, encargado del “Gravina”, aunque sufre varios disparos de éste que le causan daños, le alcanza con un obús obligándole a refugiarse en Casablanca. De este modo el Estrecho quedaba libre de todo bloqueo republicano, facilitándose desde ese momento el paso de tropas desde Marruecos a la Península.

(1) "La Armada española durante la guerra de los tres años (1936-1939)". Autor: Laureano Rodríguez Liañez, profesor del Departamento de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla.

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Es defendible aceptar que el PNV intentó obtener beneficios por su participación en la guerra al lado del Gobierno de España. No es por tanto ningún despropósito suponer que el envío al Cantábrico del grueso de la Flota respondiese exclusivamente a una maniobra política en la que no intervinieron ni fueron consultados o escuchados sus mandos. Es lícito suponer, insisto, que el PNV puso condiciones extremas a su lealtad a la República.

Está demostrado que el nacionalismo vasco negociaba con los sublevados y con el Vaticano para lograr una salida de la guerra, abandonando así la defensa de la República Española. Prieto y el resto del Gobierno lo sabían y no actuaron contundentemente para evitarlo. Está igualmente claro que la postura del PNV ante la sublevación estuvo sembrada de dudas desde el primer momento.

Prieto, un político nato, impetuoso y con ciertas dosis de vehemencia y Largo Caballero, antepusieron la adhesión del PNV al interés estratégico del Estrecho. Azaña lo consintió. Esta creo que fue la primera equivocación, la segunda fue no acabar con la flota enemiga en julio, una flota que nada más tener conocimiento de la partida hacia el norte de la flota gubernamental envió dos cruceros al Estrecho, el "Canarias" y el "Almirante Cervera".

Una maniobra, la de Prieto, descabellada e inútil. Doce buques de guerra (un acorazado, dos cruceros, seis destructores y tres submarinos), en perfecto estado operativo se utilizaron como moneda provisional de cambio sin valorar detenidamente las consecuencias que el abandono del Estrecho podía llegar a suponer y aún más descabellada, si cabe, si tenemos en cuenta que la ofensiva sobre el País Vasco se estaba llevando a cabo desde el interior, ahí estaba el frente, y que el avance definitivo sobre Vizcaya estaba lejos de iniciarse.

Con la Flota en el Norte, el uno de octubre de 1936 se aprueba por las Cortes Republicanas el Estatuto de Autonomía del País Vasco y se crea la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi, al mando de Joaquín de Egía y Unzueta (Capitán de la Marina Mercante y Subinspector Local de Servicios Marinos), sus unidades son seis bacaladeros de altura requisados a los que se les dotó de cañones de 101,6 mm cedidos por el acorazado Jaime I.






Los supuestos acuerdos del gobierno con el PNV para que se mantuviese al lado de la República se cumplieron, pero el precio pagado fue descomunal.

Según Michael Alpert :

"No se puede minimizar la importancia del control nacional sobre el Estrecho de Gibraltar. Los nacionales dominaban una posición central, controlando una ruta marítima estrecha, y dominaban también el hinterland donde se encontraban las bases de apoyo. Al dominar el Estrecho se abrió la posibilidad, de gran significación para los meses venideros, de establecer una base avanzada en Palma de Mallorca, cuyo abandono por las fuerzas expedicionarias de la República llegaría a adquirir ahora una significación evidente".

Tampoco se aprovechó la permanencia de la Flota en aguas del Norte, salvo el desbloqueo provisional de las aguas y la entrega de un pequeño suministro de material, munición y víveres. No recibieron ninguna orden para conseguir el dominio de las comunicaciones marítimas enemigas, ni se interrumpió la llegada constante de material desde Alemania que, estando los buques republicanos en el Cantábrico, tenía la ruta a Sevilla más o menos libre. 

En el capitulo III de la "Historia de la Armada Española", editado por el Ministerio de Defensa, titulado “Las acciones Navales de la Guerra Civil  Española” se reconoce la importancia del dominio del Estrecho y la importancia del papel de los buques :

“…El dominio del Estrecho, primero republicano y más tarde nacional, la campaña del Cantábrico totalmente favorable para la Armada nacional y la guerra en el Mediterráneo, ya en la última fase de la contienda, dieron la victoria final a quienes mejor supieron utilizar la herramienta naval que poseían. La decisión de Indalecio Prieto fue la peor de toda la guerra civil".

Graves errores estratégicos como consecuencia de decisiones políticas, mandos y oficiales desleales a la República infiltrados en la Flota, en el Ministerio de Marina y en el Estado Mayor, sabotajes, deserciones de oficiales del Cuerpo General....fueron puntos decisivos. Provocaron la pérdida del Estrecho y con ella el control de las rutas desde África, la política gubernamental de destinar la Flota casi exclusivamente para la protección de los convoyes republicanos, impidieron a la Flota republicana el control y bloqueo de los puntos de abastecimiento por mar de los sublevados. Unamos a esto  la actuación en el Mediterráneo de las fuerzas navales del eje Alemania-Italia y la mirada para otro lado de Francia e Inglaterra en lo relativo al incumplimiento del Pacto de No Intervención por parte de Hitler y Mussolini, y tendremos las verdaderas claves de por qué se perdió la guerra.


Benito Sacaluga



lunes, 2 de febrero de 2015

COMBATE DEL CABO DE PEÑAS




(1) Como botón de muestra de lo ocurrido en el arma submarina durante la Guerra Civil Española, hacemos referencia al caso del B-6, la primera unidad de la Escuadra republicana en desaparecer en combate.

Tripulación del B-6
(Foto sin autentificar)
Ya a mediados de agosto habían sido enviados al Norte los submarinos C-3 y C-6, a la caza del “España” y el “Cervera”, unidades de la armada sublevada, que venían sometiendo a los puertos del Cantábrico a intensos bombardeos. Antes de llegar a destino el C-3 regresa a Cartagena averiado, quedando sólo el C-6, cuyo comandante, Mariano Romero, teniendo a tiro al Cervera que bombardea Gijón, se niega a dispararle, repitiendo posteriormente su actitud con el “España” cuando se le pone al alcance de los torpedos. De vuelta en Cartagena, Romero desaparece pasándose a los rebeldes. 

El 10 de septiembre, al mando ahora del torpedista electricista Ernesto Conesa Avilés, leal a la República y reputado masón perteneciente a la logia “Renacer” de los Valles de Cartagena, de la que también forma parte, entre otros, el auxiliar 2º naval Laureano Rodríguez Fernández, contramaestre de cargo del B-6, volverá de patrulla al norte junto al C-5 al mando del capitán de corbeta Remigio Verdía, que pasará luego a mandar el C-6 desempeñando además la jefatura de la flotilla.

El B-6 al mando del teniente de navío Juan José González González, que tiene como segundo a José Luis Pérez Cela, de idéntica graduación, y como oficial al alférez de navío Pablo Yoldi Lucas, zarpa de Cartagena en la madrugada del 18 de julio, decidiendo el comandante con acuerdo de los oficiales intentar meter el buque en Algeciras ya en poder de los sublevados. Tras hacer caso omiso estos oficiales de un radio-mensaje del C-3 pidiendo ayuda para impedir el desembarco de tropas sublevadas en la costa malagueña, y hallándose de guardia en el puente el segundo comandante Pérez Cela, proceden a su detención el segundo maquinista Juan Cumbrera González en compañía del auxiliar 2º Naval Laureano Rodríguez Fernández, comunicándole ambos la ya efectuada del comandante y del oficial, haciéndose cargo del mando el citado maquinista, el cual con la ayuda del comandante del C-3, pone proa a Málaga para desembarcar a los oficiales detenidos arribando a puerto el 22. 

De Málaga y con motivo de reparar averías, el B-6 regresa a Cartagena el 1 de agosto estando de nuevo en la plaza malagueña el 22 del mismo mes, donde le espera para hacerse cargo de su mando de manera forzosa por orden del Ministerio de Marina el alférez de navío Oscar Scharfhausen Kebbon, que tendrá como segundo al citado maquinista, que de hecho desempeña la jefatura militar del buque. Aunque para los mandos de la Marina Republicana Scharfhausen no era muy de fiar, se ven obligados a echar mano de él al no contar el submarino con oficial alguno del Cuerpo General que lo mandara.

De nuevo en Cartagena y ya al mando del citado alférez de navío comienzan los preparativos para salir hacia el Cantábrico con el objetivo, junto a otros submarinos allí destacados, de acabar con el bloqueo impuesto por la Marina rebelde desde sus bases en Galicia a los puertos del norte. El 15 de septiembre zarpa el B-6 de Cartagena con destino a Bilbao llevando en su interior un cargamento de 25 toneladas de munición para el Ejército del Norte.

Navegando en superficie, en la mañana del 19 es avistado por el destructor "Velasco" de la Marina rebelde, que pone proa a toda máquina al submarino, aunque éste al sumergirse desaparece, haciendo que el "Velasco" siga ruta hacia Santander, no sin antes ordenar al bou "Ciriza" (pesquero armado) y al remolcador "Galicia" vigilar la zona.  La opinión generalizada es que el alférez Scharfhausen navega en superficie con el ánimo de entregar el submarino a los sublevados, ya que si hubiera seguido en inmersión no lo hubieran encontrado, dado que ni el "Velasco" ni el "Galicia" y mucho menos el "Ciriza" tenían medios de detección alguna. Que esto es así lo prueba Scharfhausen en su propia declaración ante el consejo de guerra, alegando que hizo todo lo que pudo por entregar el submarino: la entrada de agua tras la avería provocada por él mismo y no haber cambiado el rumbo para escapar del "Velasco". La realidad es que sus planes serían desbaratados por la acción decidida de la tripulación, especialmente de maquinistas, auxiliares navales y artilleros.

De nuevo en superficie, sobre las 12’30 horas, a unas 15 millas del cabo de Peñas, en Asturias, en día de buena visibilidad, avista el B-6 a unas 10 millas de distancia a dos bous armados (Ciriza y Galicia), enfilando el "Galicia" al submarino, ante lo cual decide el comandante nueva inmersión pero sin variar el rumbo, lo cual les acercaba aún más a los barcos enemigos en superficie. En la “inmersión”, Scharfhausen se las ingenia para provocar una avería al dejar abierta la válvula del acústico, comenzando a entrar agua por la torreta, lo que provoca la confusión y el miedo en la tripulación al creer que el buque no se está sumergiendo, sino que se está hundiendo.

El propio comandante, producido el efecto deseado, ordena de inmediato volver a la superficie encontrándose con el "Galicia" a menos de mil quinientos metros, abriendo éste fuego contra el submarino emergente que se defiende haciendo inmersión, intentando seguidamente el remolcador pasar por encima de su estela para soltarle cargas de profundidad. Otra vez arriba el B-6, es ahora el submarino quien dispara su cañón dos veces haciendo blanco en el atacante al que causa daños y bajas. Viendo que el submarino resiste y que se dispone a atacar al "Ciriza" ordena su “comandante” poner el buque de popa para que no pueda disparar, llegando seguidamente el "Velasco" –que había sido avisado por el "Galicia"- al escenario de combate, el cual dispara al submarino con su cañón de proa hasta alcanzarlo en la sala de máquinas, dejándolo fuera de combate pasadas las 4’30 de la tarde.

La dotación se echa al agua mientras el submarino, ayudado por dos miembros de su tripulación que quieren correr su mismo destino, se va al fondo del mar hundiéndose en el mismo para siempre. 

Con el submarino quedaron bajo el mar el Auxiliar 2º de Electricidad Juan Heredia Rodríguez y el Cabo de Artillería Pascual Crespo.

El resto de la tripulación, rescatada y encarcelada en Ferrol, es sometida a Consejo de Guerra sumarísimo siendo veintiséis de sus miembros condenados a pena de muerte, de los cuales diez serán ejecutados en la Punta del Martillo del Arsenal ferrolano. Los ejecutados fueron:

Maquinistas : Juan Cumbrera González, Andrés Navarro Barcelona y Fernando de la Pascua Galiano.

Auxiliar 1º de Torpedos Teodoro López Camazón.
Auxiliar 2º de Máquinas Víctor Bermúdez Bouza.
Auxiliar 2º de Radio José Guerrero Jiménez.
Cabo de Artillería José Chorro Muñoz.
Cabo de Electricidad Luis Preciados Rodríguez.
Marineros fogoneros José Navarro Díaz y Pedro Antonio Vera Rodríguez,

siéndole conmutada al resto de condenados la pena capital por la inmediata inferior de treinta años de reclusión: 

Maquinista Baltasar Zaragoza Nicolás.
Piloto Mercante Eugenio Dutrús Fuster.
Auxiliar 2º Naval Laureano Rodríguez Fernández.
Auxiliar 2º de Máquinas Gabriel Cerezuela Marín.
Auxiliar 2º de Torpedos Santos González Martínez.
Auxiliar 2º de Electricidad Pedro Ortíz Cela.
Auxiliar 2º de Radio Manuel León Escámez.
Cabos de Marinería José García Mulero, Vicente Guillamón Leal, y Juan Pinilla Oliver.
Cabos de Electricidad José Molina García, Antonio Arregui Azcárate, Juan Ruiz Carrascosa y Pablo López García.
Cabos Radiotelegrafistas Alberto Buendía López y Luciano Amado Muiños.

Pese a las dudas suscitadas por su comportamiento, el Alférez Scharfhausen, juzgado en consejo de guerra aparte presidido por Nieto Antúnez, será exonerado de todo cargo e incorporado a la Marina sublevada, prestando inicialmente una serie de servicios secretos y peligrosos en Bilbao, orientados a pasar unidades republicanas a la Armada franquista. La caída de esta ciudad en 1937 le situará ya clara y abiertamente alineado con el bando rebelde. Su último destino, una vez alcanzado el grado de capitán de navío, será el de Comandante Militar de Marina de Sevilla, donde volverá a encontrarse con el antiguo contramaestre de cargo del B-6 Laureano Rodríguez Fernández, uno de los veinte condenados a muerte posteriormente conmutados, en una entrevista protocolaria y algo fría, de la que fue testigo el autor del presente trabajo.


(1) "La Armada española durante la guerra de los tres años (1936-1939)". Autor: Laureano Rodríguez Liañez, profesor del Departamento de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla.



Caracteristicas del B-6



Clase Holland F-105
Astilleros: Sociedad española de Construcciones Navales (Cartagena)
Eslora: 64,18 metros
Manga: 5,60 metros
2 Motores diésel Nelseco (700 HP)
2 Motores eléctricos de 210 HP
2 Motores eléctricos para emergencias
Velocidad superficie 16 nudos
Velocidad inmersión 10,50 nudos
Cota máxima 60 metros
4 Tubos lanzatorpedos de 450 mm
1 Cañon Vickers de 76,20 mm
Tripulación: 28 a 34


Benito Sacaluga

viernes, 23 de enero de 2015

JEFES Y OFICIALES REPUBLICANOS EJECUTADOS POR OPONERSE A LA SUBLEVACIÓN DE LA FLOTA (1936-1939)






En la noche del seis de marzo la Flota Republicana que había partido de Cartagena a causa de la sublevación casadista, llega a Bizerta (Túnez) en busca del exilio. El Jefe de la Flota, Miguel Buiza transmite el siguiente mensaje a todas las dotaciones, unas dotaciones que están a un paso de emprender el viaje a un exilio angustioso y terrible, o a entregarse a los franquistas como prisioneros, la orden se cumple por todos los marineros demostrándose así, una vez más, la lealtad a la República y a los mandos de la Flota:
"El mando de la flota encarece a todos los buques que, dado el próximo fondeo en un puerto extranjero, se mantenga por las dotaciones de los mismos un perfecto estado de disciplina, uniformidad y corrección"
Sepultura donde descansan los restos de
51 republicanos, marinos y civiles
fusilados por los franquistas.
Cementerio de Los Remedios (Cartagena)
El 26 de marzo el almirante franquista Salvador Moreno sale en el destructor "Ciscar" rumbo a Bizerta para hacerse cargo de los buques hasta ese momento republicanos, los cuales le son entregados el día 30. El día 2 de abril Moreno parte de Bizerta con toda la Flota. El día 4 los marineros que decidieron volver a España, ya prisioneros, fueron obligados a rendir homenaje a los muertos en el lugar donde se había hundido al "Baleares". La venganza franquista comenzaba. El almirante Moreno insistía en que los marinos que en los buques eran repatriados prisioneros a España incluían a un buen número de "significantes criminales" e "individuos de cuidado", para lo que deberían prepararse campos de concentración.

Entre los oficiales de Marina que no fueron con la Flota a Bizerta y los que desde allí decidieron volver a España, la gran mayoría de los pertenecientes al Cuerpo General solo fueron separados del servicio. Durante el periodo comprendido entre 1939 y 1941 se celebraron en Cartagena 192 Consejos de Guerra contra oficiales de la Armada. Solo 14 de estos Consejos lo fueron contra oficiales del Cuerpo General, en los que seis fueron absueltos y 8 condenados a algún tipo de pena. Fueron condenados a muerte el almirante Molins, jefe de la Base de Cartagena en 1936 y el capitán de corbeta Horacio Pérez y Pérez. Los oficiales del resto de cuerpos (Patentados, Máquinas y Auxiliares) sometidos a Consejo de Guerra fueron 178, de ellos 104 fueron condenados un 59%. Los delitos imputados eran indefectiblemente los de rebelión militar y traición. Curiosa imputación si tenemos en cuenta que los únicos rebelados fueron precisamente los marinos que ahora juzgaban a los leales al Gobierno. Fueron fusilados el comandante Baeza, de Infantería de Marina, el Teniente Coronel Sacaluga, de Máquinas, y el general Berenguer, del Cuerpo Jurídico. Seis oficiales fueron condenados a cadena perpetua y 51 a penas de prisión que iban desde uno a 30 años. 

Sumando a los Consejos de Guerra de Cartagena las actuaciones en otras plazas, en total se ejecutaron entre 1936 y 1939 a 16 jefes y oficiales de la Armada por oponerse a la sublevación ordenada en apoyo del golpe de estado:

Contralmirante Camilo Molins Carreras. Jefe Base Naval de Cartagena.
Contralmirante Antonio Azarola Gresillón. Jefe Base Naval de Ferrol.
Capitán de navío Juan Sandalio Sánchez Ferragut. Comandante del "Almirante Cervera".
Capitán de fragata Tomás Azcarate. 2º Comandante del "República".
Capitán de fragata Manuel Guimerá Bosch. Disponible forzoso en Larache.
Capitán de corbeta Francisco Biondi Honrubia. Comandante del "Lauria".
Teniente de navío Carlos Soto Romero.Comandante del tropedero T-17.
Teniente de navío Luis Sánchez Pinzón.
Teniente Coronel Benito Sacaluga Rodriguez. Jefe de los Servicios de Máquinas de la Flota.
Comandante Manuel Sancha. Infantería de Marina en Cádiz.
Capitán Enrique Paz Pinacho. Infantería de Marina en Cádiz.
Comandante Diego Baeza Soto. Infantería de Marina en Cartagena.
Comandante de Intendencia de la Armada García Moles.
Teniente del Cuerpo de Sanidad de la Armada Martin Yarza, "Lauria"
General auditor Fernando Berenguer, fusilado en Barcelona.

Terminada la guerra civil, los fusilados por los franquistas en Cartagena, entre abril de 1939 y enero de 1945, fueron 176. Dos terceras partes fueron marinos, oficiales y suboficiales de los Cuerpos Patentados y Auxiliares y marineros; la otra tercera parte, civiles, trabajadores en su inmensa mayoría y algunos profesionales y funcionarios.

El 20 de abril de 1939, habían transcurrido menos de tres semanas de la entrada de las tropas franquistas en la ciudad, la Auditoría Militar de Cartagena informaba del trabajo realizado en ese breve período de tiempo. Se habían elevado a sumarios 150 procesos. Habían sido informados más de 450 sumarios a jefes, oficiales, suboficiales y auxiliares de la Armada. Además, se había constituido un Consejo Sumarísimo de Guerra de forma permanente, es decir, el procedimiento habitual pasaba a ser el Consejo de Guerra Sumarísimo. Con una media de treinta sumarios por día, incluyendo sábados, domingos y Semana Santa, parece evidente que tal diligencia policial y judicial no ofreció muchos derechos y garantías a los acusados.

Al igual que en El Ferrol, en 1936, la mayoría de los fusilados en Cartagena, en 1939, eran marineros, oficiales, suboficiales y cabos de los Cuerpos Auxiliares. La inmensa mayoría de los 55 miembros del Cuerpo General, así como más de la mitad de los 4.200 marinos que habían partido con la flota a Bizerta en marzo de 1939, no regresaron a España, quedándose en el exilio. Por tanto las cifras de la represión relativas a fusilamientos y cárcel deben contar con este hecho.

En cualquier caso, de acuerdo con los datos proporcionados por el Mº de Economía y Hacienda, en Cartagena, no menos de 1.733 jefes, oficiales y suboficiales del Ejército y la Marina y las Fuerzas de Seguridad, profesionales (616) y no profesionales (1.117) fueron expulsados de las Fuerzas Armadas después de la guerra, la mayoría de ellos exiliados o en paradero desconocido.


Benito Sacaluga.


Fuentes: 
"La guerra Civil Española en el Mar". Michael Alpert. ISBN: 978-84-8432-975-6
Revista "Cartagena histórica" Antonio Martinez Ovejero.

lunes, 19 de enero de 2015

LA GESTA DE LOS MARINOS REPUBLICANOS



La dotación del "Jaime I" una vez
recuperado para la República.
La decidida actuación de los marinos republicanos no pertenecientes al Cuerpo General impidió que la Flota gubernamental cayera en manos de los golpistas. De haber sido así, y ésta hubiese quedado en poder de los facciosos, el traslado de fuerzas sublevadas desde África habría sido inmediato, y posteriormente se habría imposibilitado totalmente la llegada de los suministros que destinados al ejército republicano debían venir por mar. El bloqueo de los puertos por parte de los golpistas habría sido total. Sin el grueso de la Flota en manos del Gobierno la guerra, la resistencia al fascismo, habría durado muy poco. 

Los cuerpos auxiliares, especialistas, radiotelegrafistas, electricistas, maquinistas, artilleros, fogoneros, marinería en general, etc...conocedores de la intención de los comandantes de los buques de entregar los navíos a los sublevados, actuaron en consecuencia para evitar tal traición. Mucho se ha escrito por los historiadores franquistas sobre determinadas actuaciones criminales de los marinos republicanos para con la oficialidad rebelde. Cierto es que no se andaron con contemplaciones a la hora de enfrentarse a los mandos sublevados que opusieron resistencia, pero el asunto se ha magnificado y hasta podríamos decir que "novelado" al objeto de calificar a los marinos leales a la República como simples asesinos, nada más lejos de la realidad. Ante una situación como fue la rebelión de los comandantes y oficialidad de los buques, y su decidido propósito de entregar una flota completa a los enemigos del Gobierno, su actuación para evitar la traición fue proporcionada y ajustada a las circunstancias, y aunque si es cierto que en esos primeros momentos y en algunas ocasiones las dotaciones se tomaron la justicia por su mano, no es menos cierto que solo se actuó contra militares manifiestamente golpistas y levantados en armas contra  la República y contra el Gobierno democraticamente elegido en febrero de 1936, y que también muchos de los leales perdieron la vida en estas operaciones.

Aunque en este blog existe abundante información sobre el desarrollo de los acontecimientos vividos en la Armada durante la Guerra Civil, tanto en sus momentos iniciales como en el transcurso de la misma, considero necesario transcribir una mínima parte de la obra "Guerra y Revolución en España (1936-1939)", en la que se relata de forma resumida el papel de los marinos republicanos en los primeros días del golpe de estado y sublevación contra la II República Española.

La gesta de los marineros 
Los planes facciosos comenzaban a fallar. Y si la resistencia popular no pudo impedir en el Suroeste de España, por la proximidad de África y de la frontera portuguesa, ciertos éxitos de los rebeldes, en lo fundamental, comenzaban a desmoronarse las ilusiones facciosas de un avance incontenible sobre Madrid y de una victoria relámpago. 
Pero lo que llevó el desconcierto a las filas de los sublevados fue su aplastante derrota en la Escuadra; creían que ésta seria suya con facilidad; se habían olvidado de las tripulaciones, que hicieron fracasar sus planes. 
EI hecho impresionante, que no se había dado en ningún país, y que la República — por distintas causas que trataremos a su debido tiempo — no supo aprovechar adecuadamente, fue que la Escuadra, dirigida por los marineros, con excepción de un pequeño número de barcos, quedó al lado del Gobierno republicano e infligió a los facciosos su primera gran derrota. 
Al estallar la sublevación, la Escuadra española se componía de dos acorazados: el «Jaime I» y el «España», que se hallaba desarmado en EI Ferrol; cinco cruceros: «Libertad», «Miguel de Cervantes», «Méndez Núñez», «Almirante Cervera’» y «República»; doce destructores, ocho torpederos, doce submarinos, cinco cañoneros, nueve guardacostas y otras unidades auxiliares. Aparte de esto se construían en distintas gradas los cruceros «Canarias» y «Baleares», tres minadores, cinco destructores, tres submarinos y un cañonero. 
La oficialidad de la Flota estaba en su mayoría comprometida en el levantamiento. En el mes de mayo, y por consejo del general Franco, la Escuadra había realizado en aguas de Canarias unas maniobras navales planeadas por el jefe de Estado Mayor de la Marina, Javier Sala —almirante comprometido en el alzamiento—, con el fin de sondear la disposición de los jefes de la Marina a participar en la sublevación. Las conversaciones sostenidas entre Franco y los jefes de la Escuadra terminaron con un completo acuerdo y despejaron la última incógnita que aún retrasaba la inclusión de las tropas coloniales en el dispositivo de la sublevación: los jefes de la Escuadra se comprometieron a desembarcarlas en la Península. Los informes sobre estos conciliábulos, recibidos aquellos días en el Ministerio de Marina, permitían sospechar que los jefes de la Flota proyectaban sublevarse con Franco en Canarias, pasar de allí a Marruecos y proceder al traslado del ejército de África. 
El aplazamiento de la rebelión por aquellas fechas, hizo, no obstante, impracticable este proyecto. EI subsecretario de Marina, general Matz, a la vista de la sospechosa conducta de los mandos de la Escuadra, dispuso que ésta regresara a sus bases sin tocar los puertos de Marruecos. Las unidades mayores —un acorazado y varios cruceros— pusieron rumbo a EI Ferrol. Los destructores regresaron a Cartagena. En dichas bases se hallaban la mayoría de las unidades de la Flota al estallar la sublevación, mientras que en la de Cádiz sólo se encontraban los cañoneros «Canovas» y «Lauria», el desmantelado crucero «República» y algunos otros buques de escasa eficacia. En la base de Mahón fondeaba una flotilla de submarinos, integrada por el B-1, B-2, B-3 Y B-4. 
El 17 de julio, después de producirse la sublevación en Melilla, los destructores «Almirante Valdés», «Sánchez Barcáztegui» y «Lepanto», anclados en Cartagena, así como una flotilla de submarinos de la misma Base, recibieron del Gobierno la orden de hacerse a la mar, rumbo a África, con la misión de impedir el traslado de tropas por el Estrecho de Gibraltar y de bombardear los cuarteles de los rebeldes en Melilla. Esta medida de emergencia, cursada sin una previa depuración de los oficiales sospechosos, pudo haber facilitado la entrega de los buques a los militares rebeldes. De los mandos de los tres destructores, sólo Valentín Fuentes, comandante del «Lepanto», era leal a la República. Los otros esperaban la ocasión propicia para sumarse a los sublevados y creyeron que el momento había llegado al avistar Melilla en la madrugada del 18 de julio. En vez de bombardear la plaza, metieron el «Sánchez» y el «Valdés» en el puerto y entablaron negociaciones con los facciosos a fin de estudiar juntos la forma de engañar a la marinería y envolverla en la sublevación.
La vigilancia de los cabos, fogoneros, auxiliares y marineros, impidió que la traición se consumara. Al comprobar que sus oficiales estaban en franca rebeldía, cortaron estacha y se hicieron de nuevo a la mar. El comandante del «Valdés» aún intentaría encallar el buque contra el morro del muelle. A las 10 de la noche, con la hélice rota y una vía de agua, los marineros del «Valdés» lograron, venciendo enormes dificultades, poner el buque en franquía, fuera del alcance de las baterías de costa. Las dotaciones de ambos destructores detuvieron a los mandos y los condujeron a la Península, mientras el «Lepanto» quedaba al largo de Melilla. 
En la tarde del 18 de julio, los comandantes del «Churruca» y del «Laya» recibieron del Ministerio de Marina órdenes de abrir fuego contra los barcos que intentaran transportar tropas o pertrechos de guerra a la Península y de cañonear la plaza de Ceuta. Los oficiales, ya en plena rebelión, ocultaron a la marinería estas órdenes.
El «Churruca» embarcó en Ceuta la Quinta Bandera del Tercio y la volcó sobre Cádiz. La oficialidad del «Laya» puso el barco al servicio de los rebeldes de Larache. Más al salir de nuevo al mar, auxiliares, maquinistas, cabos y marinería, se adueñaron de los fusiles de los pañoles, redujeron a los mandos después de cruzar algunos disparos y pusieron los buques a disposición del gobierno.
La noche del 19 al 20 de julio, la dotación del submarino C-3 comprobó que su comandante incumplía la orden de hundir los buques que salieran con tropas o material bélico de Melilla, detuvo a los oficiales y advirtió a los demás submarinos la deslealtad de sus mandos. El día 22 todos los submarinos de la base de Cartagena se hallaban a las órdenes del gobierno.
Del mismo arrojo y. fidelidad a la República dieron pruebas las dotaciones de los cruceros «Libertad» y «Miguel de Cervantes» y la del acorazado «Jaime I». El 18 de julio, al conocer la sublevación en Cádiz, el gobierno ordenó a los tres buques zarpar de las bases de Galicia, con la misión de dirigirse a Cádiz y de rendir al faccioso Varela. En la Estación de Comunicaciones Radiotelegráficas de la Marina, instalada en Madrid, el radiotelegrafista Benjamín Balboa detuvo al jefe de los servicios, complicado en la sublevación, y consiguió establecer dialogo directo con los operadores de los buques, advirtiéndoles que vigilasen a sus mandos. Para impedir que se cerrasen las estaciones de radio y se aislase a la marinería, se dio a los comandantes la orden de comunicar cada dos horas la situación geográfica de los barcos. A los radiotelegrafistas se les cursó el siguiente radio:
«EI Jefe de los Servicios de Comunicaciones del Ministerio de Marina ha sido detenido por complicidad con la rebelión. En su poder encontramos claves que también poseen los comandantes de los buques. Desde este momento y para que no seáis sorprendidos si los conjurados alegan cumplir órdenes del ministro no aceptéis ningún telegrama en clave. Todos los que partan de esta Estación serán transmitidos en lenguaje corriente. Considerad facciosos los que así no vayan. Así se convirtieron los radiotelegrafistas en heraldos de la República en alta mar. Ellos ponían en guardia a los cabos, fogoneros, maquinistas y marineros de las intenciones de la oficialidad.
«Gracias a ellos —escribe Benavides— no hubo en los barcos las sorpresas que se produjeron en los cuarteles. Los oficiales no podían burlar a las dotaciones con la mentira de que tornaban las armas en defensa del régimen... EI soldado sólo oye al oficial sublevado; el marinero oye, por medio del radiotelegrafista, la voz del Gobierno.» 
Los primeros en adueñarse del buque son los marineros del «Libertad». Al llegar a la altura de Cádiz, los mandos del crucero empiezan a esgrimir toda clase de pretextos para incumplir la orden gubernativa de bombardear los objetivos militares de la ciudad. 
El radiotelegrafista Antonio Cortejosa capta la voz de Madrid: «Os están traicionando a vosotros y a la República. Empuñad las armas». Los cabos Romero y Bertalo se adueñan de los pañoles, distribuyen 200 fusiles entre la marinería, organizan la lucha. Poco después se telegrafía a Madrid: «Dotación detuvo jefes y oficiales, que se encuentran vigilados en sus camarotes. Ponemos buques a disposición del Gobierno». 
A las 5,30 de la tarde del día 19, cien fusiles encañonaron el puente del «Miguel de Cervantes». Los oficiales facciosos entregaron sus pistolas a los marineros y quedaron detenidos. 
A las dos de la tarde del día 20 la marinería del «Jaime I» interceptó un radiograma faccioso por el que se mandaba al comandante del buque desviar el rumbo hacia Ceuta. La dotación, dirigida por los cabos Rogelio Souto, García, Alonso y Mosquera, por el condestable Antúnez y el maquinista Caneiro, se armó de fusiles y conminó a los oficiales a rendirse. En el puente se entabló un choque breve, pero sangriento. Así se radió a Madrid: 
«Dotación buque, tras breve lucha, pónese con gran entusiasmo órdenes República. Tomó mando auxiliar naval, que conducirá buque a Tánger cumpliendo órdenes anteriores para hacer carbón y desembarcar heridos». 
Cuando el «Jaime I» llegó a Tánger el 21 de julio, ya se habían concentrado allí los buques héroes. Era una Armada asombrosa, rescatada por marineros, cabos y maestres para la República, depurada de oficiales fascistas y gobernada por los Comités de a bordo. 
En el Norte, el destructor «José Luis Díez», dirigido por el oficial José Antonio Castro (1), se incorporó a la lucha contra los facciosos desde el primer día. 
Las bases de Mahón, Cartagena, Cádiz y El Ferrol fueron también escenario de duros combates de la marinería contra los rebeldes. Las dos primeras —Cartagena y Mahón— fueron conquistadas para la República. 
A la Flota republicana se sumó también el crucero «Méndez Núñez». Sorprendido por la sublevación en Guinea, la dotación, orientada por el maquinista Rodríguez Sierra y otros, desembarcó a los mandos rebeldes y puso rumbo a la Península. La marinería española había escrito la página más gloriosa de su historia. 
El Encargado de Negocios hitleriano en España, Voelckers, escribiría a éste respecto a su gobierno: 
«La defección de la Marina frustró, por vez primera, los proyectos de Franco. Fue este un fallo de organización muy grave, que amenazó con desbaratar el plan en su conjunto, que sacrificó inútilmente las guarniciones de las grandes ciudades... y que, sobre todo, hizo que se perdiera un tiempo precioso.» 
Los facciosos sólo consiguieron retener en Melilla el cañonero «Dato» y varios transportes. Con la Escuadra, ya leal, en el Estrecho, el sucesivo traslado de tropas hubo de ser suspendido. 
De momento, los marinos revolucionarios habían cerrado el camino del mar a los facciosos.

El posterior y totalmente desafortunado envío del la Flota al Cantábrico permitió que las aguas del Estrecho de Gibraltar quedarán bajo dominio de los facciosos. Decisiones equivocadas del ministro de Marina y las consecuencias de la existencia de un gran número de oficiales y mandos que siendo afines a los golpistas permanecieron en la Flota, en su Estado Mayor y en el propio Ministerio, proporcionando información al enemigo, saboteando operaciones y buques, junto con las intervenciones de los submarinos piratas italianos y nazis gracias a la inacción de Francia e Inglaterra en lo relativo al cumplimiento y observancia de sus obligaciones derivadas del Pacto de No Intervención, impidieron que la magnífica Flota republicana pudiera desplegar todo su potencial. No menos importante fue la decisión del Gobierno de no utilizar la Flota para impedir la llegada a España de los convoyes italianos y alemanes con suministros de todo tipo para los sublevados, limitándose ésta a la escolta de aquellos buques que transportaban material para la República.


Benito Sacaluga



(1) Entiendo que el autor quiere referirse a Juan Antonio Castro Izaguirre, aunque éste no se hizo cargo del "José Luis Diez" hasta 1937, en el puerto francés de El Havre donde se encontraba reparando, previa deserción de su comandante, oficiales y el jefe de máquinas.